jueves, 13 de mayo de 2010

EL PÍCARO DICE: 6

Capítulo 6

-Kisahj...-farfulló Klaud, apretando los puños con fastidio. El hombre que se encontraba de pie frente al caballero titubeó al pronunciar sus siguientes palabras.
-Mi general, no volverá a ocurrir, se lo aseguro.
-No tenéis que excusaros, no es culpa vuestra. Ese pícaro...no sé en qué demonios tiene la cabeza. Si no es capaz de acatar las órdenes de la princesa; ¿cómo podemos esperar que sea uno de los generales que dirijan nuestro ejército?
-No...no lo sé- suspiró el guardia, agotado.
-Tranquilo, me encargaré personalmente del tema. Procurad que la princesa no se entere de esto.
-¿Que no me entere de qué? -Silv apareció a espaldas del hidalgo, y él truncó el gesto en un mohín de rendición.
-Princesa...-confesó el paladín -el pícaro ha vuelto a escaparse en horario de trabajo.
-¿Cómo? ¿Otra vez? ¿Pero no dijisteis que le habíais confiscado todas las armas venenosas y las trampas?
-En esta ocasión ha optado por poner la droga en la alforja de agua del guarda, aprovechando la llegada del calor. Se las ingenia bastante bien.-
La princesa apretó los labios, disconforme. Ya iban tres veces aquella semana.
-Esto no puede seguir así -masculló la chica, e hizo un ademán de echar a andar en busca del ladrón, mas el caballero la retuvo.
-No, mi lady. Yo me encargaré de él, bastante ocupada estáis ya con los preparativos del baile de máscaras.
Silv lo meditó un instante, y suspiró apenas preceptiblemente.
En su rostro se dibujaba un gesto amargo e incomprendido.
El baile de máscaras que se celebraba cada año en primavera tenía lugar en apenas unos días. Había esperado, sin saber bien por qué, que llegase el momento de la fiesta, cuando lo cierto era que nunca le habían entusiasmado sobremanera las celebraciones.
-Pensaba que el día del baile podría levantarle la penalización a Sir Kisahj...- se quejó en voz baja, a medio camino entre el enfado y la tristeza. Klaud negó suavemente con la cabeza.
-Visto lo visto, creo que sería prudente que ese elfo no pusiera un pie aquí durante la fiesta. No quiero imaginar qué clase de fechorías podría ingeniar para arruinarlo todo. Daríamos una muy mala imagen a los invitados; nuestra célebre casa de caballeros no puede permitirse algo así.
Silv mantuvo la cabeza gacha algunos segundos, hasta que el caballero se hubo reverenciado y se marchó a paso ligero de allí. Ella tragó saliva, hastiada.
No sabía el motivo, pero de repente ya no tenía ganas de ir al baile.

Klaud hablaba y hablaba sin parar.
Había anochecido ya, y Kisahj había perdido la noción del tiempo que el caballero había empleado en sermonearlo por su reprobatoria actitud. No obstante, para él, las palabras del hidalgo no eran sino el zumbido molesto de un insecto en sus oídos. No le prestaba el más mínimo atisbo de atención a su incansable perorata de honor, lealtad y virtud.
Los deberes de un hombre, y un caballero.
Para el pícaro todo aquello carecía de importancia, ya había aprendido el significado de esos valores mucho, mucho tiempo atrás. Y ahora sabía que todo lo que creían los hombres no valía de nada.
-¿Me estáis escuchando? -inquirió el paladín, resoplando.
-No, ¿decíais algo? -el general lo miró con toda la serenidad de que fue capaz antes de retomar su implacable discurso. Aunque Kisahj trataba fervientemente de sacarlo de sus casillas, lo cierto era que nunca lo conseguía. De hecho, Klaud era siempre tan sumamente educado, que el ladronzuelo se aburría con él. Con todo, podría seguir charlando hasta los confines del tiempo; nunca conseguiría cambiar su forma de ser.
Dakarai apareció al fondo de la sala portando una enorme caja cargada de lo que Kisahj tasó como unos hermosos candelabros de oro. Aunque el druida no dijo nada, cuando sus miradas se cruzaron, él pudo notar cierta tensión.
-...y entendáis el orgullo de esta casa...- las palabras de Klaud zozobraban en algún lugar perdido en la mente del ladrón, mientras aguzaba la vista y seguía con ella a su amigo escaleras arriba.
-...imposible seguir así...-
-Klaud-lo interrumpió al fin. El caballero lo miró atónito. Era la primera vez que intervenía en la conversación por voluntad propia. -Ya terminas otro día, tengo que irme -y sin más se marchó de allí, dejando al general con la palabra en la boca. Tan desconcertado, que por una ve, Klaud estuvo a punto de perder los estribos.
El elfo echó a correr por las enmoquetadas escaleras, esperando dar alcance al druida. No obstante, cuando llegó al piso superior fue con la princesa con quien se topó de bruces. El chico frenó justo a tiempo de no chocar con ella, y la joven esbozó una mueca de grata sorpresa, que se esforzó por cambiar rápidamente a una de enfado.
-Mi lady...- se reverenció él teatral y exageradamente, pero la dama apartó el rostro, altiva, y pasó por su lado sin devolverle el saludo. Kisahj la observó mientras se perdía por las escaleras, y apenas dos segundos después echó a correr tras ella.
-¿Princesa? -la llamaba, pero sólo conseguía que Silv apretara el paso. Atravesaron el enorme salón del castillo; ella sosteniendo grácilmente las faldas de sus lujosos vestidos, y él caminando resueltamente detrás. -Princesa, ¿qué os ocurre? -la chica descendió las escaleras que conducían al patio trasero casi sin darse cuenta; tan ocupada por librarse del pícaro estaba. -¿Estáis enfadada?
Pero el muchacho no obtuvo respuesta; ni aún cuando ya caminaban por los jardines de palacio, únicamente iluminados por la luz de la luna. Sobre sus cabezas, la fuliginosa bóveda bañaba el cielo; como un negro manto salpicado de perlas, y en la oscuridad las rosas del jardín lucían con un cariz azul.
-Mi lady, puedo recorrer Aslan entero a pie, así que sería mejor para vos que os paráseis de una vez -Kisahj se detuvo y aguardó con las manos metidas en el bolsillo, apenas un instante. Luego Silv hizo lo propio y puso fin a su carrera. No obstante, le daba la espalda al pícaro, y no sabía si podría mirarlo a la cara.
-¿Cuál es el problema? -inquirió el elfo al cabo de un par de minutos,en vistas de que la muchacha mantenía la mirada perdida en el suelo.
-No me pasa nada.
-Es obvio que mentís. Sin embargo, y dado que no os esforzáis en ocultar vuestro estado de ánimo, se deduce que en realidad os morís de ganas por que os pregunte. Pues bien, ¿puedo saber qué os tiene preocupada?
-Ahorráos vuestra palabrería barata. Sólo conmueve a las doncellas del llano-apartó el rostro con orgullo. El ladrón esbozó una sorprendida pero hermosa sonrisa ladeada.
-¿Doncellas...? ¿Os referís a alguna en especial?
La dama tomó aire y luchó por serenarse, antes de girarse para encarar al muchacho.
-Estoy muy al tanto de vuestras espadas, Sir Kisahj. El general Klaud asegura que os dedicáis a escaquearos en las horas de vuestros castigos.
-No es ninguna novedad -repuso el joven.
-Pero además os estáis viendo en secreto con una sacerdotisa del templo de la bruma, ¿qué clase de broma es esta?
-Oh...-musitó.
-¿Oh? Mucho me temo que esa respuesta dista bastante de satisfacerme.
Kisahj se acercó caminando despacio, distraídamente.
-Y decidme; ¿qué esperáis oír? ¿Acaso algo de lo que yo diga podrá aplacar vuestros celos?
La princesa abrió la boca, sin llegar a decir nada. Fue la malévola sonrisa del muchacho, que dejaba ver una perfecta hilera de blancos dientes, la que la hizo estallar de indignación.
-¿Cómo os atrevéis? ¡Exijo una disculpa! ¡Retirad de inmediato vuestras palabras!
-Perdonad mi insolencia, su alteza...
-¡Que os quede bien claro, Sir Kisahj! ¡No me interesa lo más mínimo lo que hagáis en vuestro tiempo libre! ¡Pero como caballero de esta Orden, deberíais ser más consecuente con vuestros actos y defender el honor de mi casa!
-¿Honor? ¿En qué modo puede uno defender el honor de una princesa quedándose a picar piedra en las canteras día tras día?
Silv lo miró un instante, con los ojos encendidos por la presión.
-Cometísteis una falta. Sed hombre y acatad vuestro castigo.
-Tal vez lo haría, si me interesase lo más mínimo todo ese rollo del honor y la virtud. Pero...- suspiró el chico -no es el caso, mi lady.
-¿Por qué ingresar entonces en una Orden de Caballeros? ¿Por qué cometer aquellas locuras y suplicarme de rodillas que os dejase entrar?
-Porque quería entrar. Mis razones son sólo mías, y desde luego no tienen nada que ver con las que vos pensáis que debe tener un caballero. En ese orden de cosas... ¿Por qué permitir que un cazarrecompensas ostente el cargo de general, princesa?
-Yo...- Silv tragó saliva. No comprendía el motivo por el cual se sentía tan sumamente despechada. -Vos...me mirásteis a los ojos y vi en ellos determinación. Creí en vuestras palabras.
-Sólo era una mentirijilla de nada.
La muchacha apretó los labios con desdén.
-Odio a los mentirosos.
Él se acercó aún un paso más, hasta quedar tan cerca de la mujer, que sus rostros apenas sí distaban unos centímetros.
-Si queréis jugar a ser sinceros, quizás salgáis perdiendo...no soy el único que tiene secretos aquí.- Él sonrió.
-No me conocéis de nada...-repuso la chica con un susurro apagado. No podía más que concentrarse en el acelerado latido de su corazón desbocado, cuando Kisahj alzó lentamente su mano derecha, y acarició la mejilla de la muchacha con el dorso de sus dedos.
-Es difícil engañar a un mentiroso...- musitó él, y a la princesa se le puso la piel de gallina al sentir el aliento del joven en sus labios. -Pero tranquila, mi lady -añadió después, separándose repentinamente. -Estaré en esa fiesta, si eso os hace feliz.
La doncella abrió los ojos como platos, y Kisahj dibujó una pérfida sonrisa ladeada, de aquellas que helaban el corazón.
Ella no fue capaz de decir una palabra más mientras el chico se perdía de su vista, de vuelta al castillo. ¿Cómo lo había sabido? Algunos minutos después de que se hubiera marchado, aún le temblaban las piernas.
Y no quería saber por qué.

-Voy a ir al baile de máscaras- Kisahj abrió despreocupadamente la puerta de la habitación de Dakarai, sin siquiera llamar. Con el sobresalto, el druida se despertó alarmado. Se había quedado dormido sobre el libro que estaba leyendo.
-¿Se puede saber qué demonios...? ¿Y por qué nunca llamas antes de entrar?-protestó el chico, desorientado.
-No sé por qué, pero ella quiere que vaya.
-¿De qué mierda estás hablando? -Dakarai bostezó sonoramente y se restregó los ojos con pereza.
-Del baile de máscaras de pasado mañana. De eso hablo.
-¿Qué? ¡No puedes ir!-gritó su amigo, y Kisahj arqueó una ceja. -Quiero decir...¿qué baile?
-Ahórratelo, estoy al tanto de todo.
-Joder...- el druida hundió la cabeza entre los brazos con fastidio -¿cómo consigues siempre meterte donde no te llaman?
-¿Y tú cómo sigues creyendo después de tanto que puedes ocultarme algo así?
-Yo que sé...- resopló el albino elfo -No quiero abandonarme a mi teoría de que eres el mismísimo diablo. Me pone los pelos de punta...
Kisahj se quitó los zapatos y se recostó cómdoamente en el diván, junto a la estantería, cruzando los brazos tras la cabeza y poniendo los pies en la mesa más cercana.
-Esta vez has llegado muy lejos, Daka...- suspiró mientras cerraba los ojos, dispuesto a dormir.
-Fueron órdenes directas, Kisahj. No podemos dejarte ir, ¿qué querías que hiciera? ¿Regodearme porque podré asistir y tú no?
-Iré. Sabes que no podréis impedírmelo.
-No; Kisahj- el druida se puso en pie, con el semblante adusto.- Esta vez va enserio. Déjalo correr. No nos causes más problemas; no pienso interceder por tí si Klaud decide abrirte la cabeza en dos como una sandía.
El ladrón se echó a reir.
-¿Me estás invitando a no ir?
-Eso mismo, me temo.
Se hizo el silencio durante algunos segundos que se hicieron eternos. Luego Kisahj se puso de nuevo de pie.
-De acuerdo...- se encogió de hombros. -Ni que me importara.
Salió d ela habitación sin decir nada más y cerró la puerta de un golpe. Dakarai sabía que así sería mejor para todos. Sin embargo, se le quedó un mal sabor de boca.


-Normalmente hablas y hablas sin parar, pero nunca consigo saber en qué estás pensando -masculló Yetmaja, estirándose cómodamente sobre la alfombra de césped que cubría el hermoso valle.
Kisahj continuó en silencio, con los ojos hundidos en las blancas nubes que cruzaban el cielo, empujadas por la brisa primaveral. Raíces revoloteaba distendidamente, agitándose con el viento como una más de las enormes ramas del árbol que les daba sombra.
-Y hoy, ni siquiera hablas. Es aún peor -sonrió la muchacha, y arrancó una leve mueca del rostro del ladrón. -¿Estás preocupado?
-Yo no lo llamaría preocupación.
-Pues, ¿cómo lo llamarías entonces?
El chico meditó aquella pregunta algunos instantes.
-No lo sé-confesó al fin. Yetmaja se giró sobre sí misma y se puso boca abajo para apreciarlo mejor. Lo recorrió dulcemente con la mirada.
A veces sentía por aquél muchacho un deseo intenso de protegerlo, como a un hermano pequeño. Otras, sin embargo...
-Kisahj, siempre estás como ausente -comenzó a hablar la sacerdotisa, más para sí misma que para él.- Puedo verte reír y hablar, moverte, y cuando me miras... es como si más allá de tus ojos no hubiera nada -aquél pensamiento la hizo sentir repentinamente muy triste. -Como si tu mente estuviera lejos; muy lejos de aquí. Como si vivieras oculto debajo de una máscara...
Kisahj la miró con el semblante serio, y la mujer creyó por un instante que le estallaría el corzón de tan deprisa como le latía. Tragó saliva, nerviosa. No podía saber si su comantario habría ofendido al joven, y tenía miedo de haberlo molestado. Sin embargo él la escrutaba con un gesto tan hermoso, que no podía haber rencor en él. En aquellos ojos infinitos.
Yetmaja suspiró, ruborizada, al descubrirse a sí misma mirándolo tan fijamente.
Tal vez fueran los pequeños rayos de sol que se filtraban por entre las hojas de los árboles, que dibujaban graciosas formas en el rostro de muchacho, pero sus labios se le antojaron entonces más apetecibles de lo que ya normalmente le parecían. No supo si obedecer a sus propios deseos; pues se moría de ganas por besarlo.
-Eso...-comentó el elfo al cabo de algunos segundos.
-¿Sí? -y a Yetmaja se le cortó la respiración.
-Eso...eso es. ¡Eso es!- se incorporó a toda prisa, dejando a la joven estupefacta.
-¿Cómo?-pero el pícaro ya se había puesto en pie de un salto. Sacudió los restos de césped de sus ropajes y se despidió de ella con una alegre sonrisa.
-¡Gracias Yet! ¡Eres fabulosa! -y luego echó a correr y se perdió en el horizonte a los ojos de la muchacha. Nunca sabía lo que pasaba por la mente del cazarrecompensas, pero le encantaría verlo por una vez sin aquella máscara.


Todo estaba lleno de luces.
Las enormes lámparas de cristal adornaban el gigantesco salón comedor aquella noche; durante la fiesta más importante de la primavera, y probablemente de todo el año.
El baile de máscaras.
Silv paseó distraídamente la mirada por la estancia; todo parecía estar en orden. Lo cierto era que, pese a que hacía ya rato que habían llegado los invitados y la gente comía y charlaba distendidamente, ella no acababa de sentirse cómoda. Quizás fuesen manías suyas, pero deseaba que todo estuviese perfecto. Las finas copas de cristal linealmente dispuestas, las lujosas cortinas, sin un pliegue que sobresaliera del resto, la música, la bebida, el servicio, los invitados,
Y por supuesto; los caballeros de la Orden y ella misma.
El hermoso vestido azul de terciopelo se ceñía elegantemente a sus formas y dejaba ver un hermoso escote cuadrado con pasamanerías de hilo dorado. En las mangas, las suaves plumas perladas competían en blancura con su hermosa piel élfica. Las faldas del conjunto se abrían pomposamente bajo su cintura, cubriendo por completo los delicados zapatos de tacón.
-Princesa Silvermoon; estáis radiante esta noche- un acaudalado señor se reverenció levemente ante la muchacha, quien le correspondió el gesto con una cordial sonrisa, mientras mentenía en la mano el antifaz con que se cubría el rostro. La forma de un hermoso cisne blanco de alas abiertas se dibujaba en torno a los topacios azules que eran olos ojos de la princesa.
Cuando la música comenzó a sonar, y las parejas se acercaron al centro del salón, la doncella apenas intercambió un segundo la mirada con un joven, cuando él se acercó hasta ella galantemente para invitarla a bailar.
-Su alteza...- se inclinó el muchacho, ofreciéndole una mano a la chica. Ella la aceptó de buen grado, si bien era cierto que estaba deseando que aquella fiesta terminase. El amable desconocido la condujo hasta la pista de baile; caminando con garbo. Silv lo observaba de reojo; cuando creía que él no la veía. En el momento en que el hombre la tomó delicadamente por la cintura, no pudo evitar encontrarse a sí misma preguntándose si acaso no sería "él". Pero pronto desechó aquella idea.
Kisahj no tenía las manos tan suaves.
Por todo lo más, Silv se reprendió a sí misma por pensar en el elfo en un momento como aquél. ¿Qué importaba si el pícaro había venido?
Trató de concentrarse en algo que no estuviera relacionado con el muchacho. La música, exquisitamente interpretada por los finos instrumentos de cuerda y viento. Sus pies, deslizándose con gracia sobre el linóleo del piso. El brillante plumaje azul y verde de la máscara que portaba su pareja de baile, y que enmarcaba los exóticos ojos dorados que la excrutaban devoradoramente. Silv giró sobre sí misma al mismo tiempo que el resto de las damas de la sala, según correspondía a aquella alegre danza, y un abanico de hermosos vestidos de colores surcaron la estancia como capullos en flor. Cuando quiso volver junto a su acompañante, ya los hombres habían cambiado de posición y cayó en los brazos de un nuevo desconocido. El caballero le sonrió cortésmente, y ella, aunque desorientada al principio, le devolvió el gesto. El hidalgo la condujo por toda la pista al son de la música entre vueltas y vueltas cada vez más rápidas. La cabeza de un caballo de plata cubría su cara por completo, y ella rió tímidamente. Quizás era porque comenzaba a sentirse mareada por los giros, pero lo estaba pasando bien. Con el movimiento, la música dejó de ser música a sus oídos, y se convirtió en una serie de ruidosos tiempos que marcaban el momento oportuno para girar.
Girar, y girar.
Mirara donde mirase, las risas estruendosas, las caras ocultas tras un antifaz. Los colores, los brillos de las velas.
Y en una fugaz visión fantasmal, le pareció distinguir la mirada atenta de unos ojos rojos entre el gentío.
Silv se recompuso rápidamente, sintiendo que la respiración se le detenía. Había sido un segundo tan sólo, pero le había perdido de vista.
De nuevo, se sintió arrastrada por los brazos de otro hombre. Habían vuelto a cambiar de pareja, y ella ni tan siquiera había estado prestando atención. Sus pensamientos estaban más ocupados por aquellos flagrantes ojos rojos que ni tan siquiera estaba segura de haber visto en realidad. ¿Se habría confundido, y verdaderamente él no estaba allí? ¿Habría venido Kisahj, como aseguró que haría?
¿Y por qué le importaba siquiera?
La pieza musical dio paso a una nueva si que Silv hubiese conseguido distinguir al pícaro en la muchadumbre. La princesa suspiró. El baile se había vuelto mucho más pausado, lo cual daría un merecido descanso a sus doloridos pies. Además... si dejaban de dar vueltas frenéticamente, tendría más oportunidad de encontrarle.
La dama puso sus delicadas manos sobre los hombros de su nuevo acompañante sin hacerle demasiado caso, si bien él no pasó inadvertido el gesto de preocupación de la elfa.
-¿Buscáis a alguien? -aquellas palabras atrajeron de nuevo la atención de la chica. Un instante tan sólo.
-Ah, no, yo..- pero no pudo decir más. Porque allí estaban.
Aquellos ojos del color del fuego.
Los ojos que había estado buscando.
Kisahj sonrió, y sin darle tiempo a reaccionar la tomó por la cintura para hacerla danzar dulcemente al ritmo del vals.
Todo era tan confuso.
Él no debía estar allí, y sin embargo estaba. Y a ella le alegraba; de algún modo, y no entendía el por qué. De la misma forma que no podía saber cómo debía comportarse; porque quería sonreír, y quería enfadarse con él. Quería decirle algo coherente.
Pero no se sentía dentro de su cuerpo.
De repente todas aquellas luces brillaban con especial intensidad.
-Estáis muy hermosa esta noche- comentó el pícaro mientras le dedicaba una mirada que por una vez, la hizo sentir especialmente halagada. Quizás le hubiese gustado responder algo más, pero la joven sólo alcanzó a decir:
-Gracias.
También él estaba guapo. Muy guapo, pero nunca se lo diría. Tenía que admitir en el fondo que, cuando quería, podía ser un verdadero caballero, y cualquiera que lo hubiera visto esa noche no lo habría reconocido. Llevaba el rojo cabello recogido en una diminuta coleta, si bien aquellos rebeldes mechones escapaban por doquier. La chaqueta roja de terciopelo con ribeteados en negro, a juego con el pantalón. Y aquella máscara que cubría la parte superior de su rostro, con la forma de la cabeza de un cuervo.
-Al final habéis venido...- comentó la muchacha cuando estuvo segura de poder hablar sin que le temblara la voz.
-Ya os dije que lo haría.
-Una nunca sabe qué puede esperar de un mentiroso...-
El ladrón sonrió sin mostrar los dientes. Parecía hacerle gracia el modo de pensar de Silver.
-Reconozco que tuve serios motivos para no venir.
-¿Por ejemplo el hecho de que toda la guardia de la Orden te apresaría si te encontrasen aquí?
-Por ejemplo.
-Pero habéis venido. ¿Por qué?
Kisahj la apretó apenas perceptiblemente contra sí y tardó un par de segundos en responder.
-Os encantaría que dijera que lo hice por vos.
-Quien sabe.
-Es muy mezquino enviar a toda la Orden contra mí y después pedirme que venga.
-Yo no te pedí tal cosa -Silv se mostraba levemente azorada. Reconocía que aquella era una situación apurada para el ladrón.
-Pero estad tranquila; no he venido por vos.
-¿Pues entonces...?
-Lo hice por mí, por supuesto -clavó aquellos rasgados ojos como esferas de fuego líquido en el apacible mar en calma que eran los de ella -Porque de repente se me antojaba insoportable la idea de imaginaros en brazos de otro.
Silver quiso acallar a su corazón, que latía desbocado y sin control posible. ¿Qué significaba aquello? ¿Qué pretendía decir el pícaro?
Inesperadamente, un joven muchacho tropezó con ellos en mitad del baile. Fue apenas un instante, pero en ese segundo sobró para que se reconocieran.
Dakarai.
Ambos amigos se dirigieron una intensa mirada cargada de significado. Por un momento, Silver creyó que Kisahj volvería a meterse en líos; sin embargo Dakarai tan sólo dijo:
-Discúlpeme, caballero -se reverenció levemente, y Kisahj asintió.
Era el momento de irse.
La señal.
El pelirrojo elfo lanzó una mirada rápida a la princesa, y sonrió para ella por última vez esa noche. Luego se marchó sin decir adiós y se perdió entre el gentío, al tiempo que la guardia irrumpía secretamente en el enorme recibidor. Por más que Silver lo buscó con la mirada, ya no pudo encontrarle.
Se le encogió el alma cuando supo que él se había marchado.
Lo supo, de algún modo.
Por que las luces habían dejado de brillar.

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By Rouge Rogue

Reseñas: Escribí este capítulo un poco más largo que los demás, porque no quería dejar nada en el tintero. Se corresponde al evento de primavera BAILE DE MÁSCARAS. Sobre este evento tengo que decir que me harté de coger los puñeteros ALIENTOS DE LA DIOSA DE LA PRIMAVERA, y no me dieron ni una maldita máscara, todo lo que me tocaban eran BRANDYS (XD)
Con respecto a lo verdaderamente importante; ni yo conseguí una máscara, ni llegó a haber ningún baile. Pero si lo hubiese habido, no me cabe la menor duda de que habría sido así.

Silver, te dedico este capítulo porque me pediste que fuera tu pareja para el baile, y al final los dos nos quedamos con las ganas. Espero que hayas podido bailar conmigo al leerlo ;)




lunes, 10 de mayo de 2010

EL PÍCARO DICE: 5

Capítulo 5

-Supongo que la mente de los hombres es débil, después de todo...- comentó Klaud, ehando un ligero vistazo al lúgubre corredor de los calabozos. Tenuemente iluminado por una antorcha, se mantenía de brazos cruzados mientras aguzaba la mirada intentando ver más allá. Al fondo, en la primera celda que alcanzaban sus ojos, estaba encerrado Kisahj.
El pícaro se hallaba recostado contra la pared de fría piedra de la prisión, y entonaba una extraña aunque hermosa melodía con su ocarina de madera. Las notas del instrumento se perdían por la pequeña apertura que hacía las veces de ventanuco, y ascendían a los cielos de la noche con melancolía.
Dakarai sonrió, y Klaud lo miró con incertidumbre.
-¿Qué os hace tanta gracia?- inquirió el caballero, y el druida no pudo evitar carcajear levemente. -No lo entiendo, ¿acaso no os desespera la buena suerte de ese bribón?
El gesto de Dakarai recuperó entonces la serenidad que lo caracterizaba. Suspiró largamente, y asintió, resignado.
-No niego que quizás sea astuto, o poderoso -continuó el caballero.- Pero aún más, atacar de ese modo nuestra fortaleza ha resultado una gran imprudencia; un acto temerario y desleal. ¿Cómo es que alguien que hace gala de semejantes atributos ha podido ser nombrado...?
-¿General? -lo cortó Dakarai. Klaud apretaba los dientes, pero en cuanto se dio cuenta de hacia dónde lo conducían sus pensamientos, decidió serenarse. Bien era cierto que Kisahj no merecía aquellos galardones, pero había sido la princesa quien había optado por ascenderlo al máximo cargo dentro de la Orden sin siquiera conocerlo. ¿Qué motivos la habían empujado a hacer algo así?
-Os diré algo -comentó el druida, con la vista fija en la celda del fondo del pasillo - no hay nada en el mundo que él no pueda tener. Si lo quiere, lo conseguirá, de un modo u otro. Nadie sabe cómo, pero es así. Resulta exasperante a veces, porque ésa es su mejor arma. Puede ser el mejor en cualquier cosa con sólo proponérselo. Yo hace tiempo que me resigné a ello.
-Sólo ha sido un golpe de suerte...- chistó Klaud, entornando los ojos.
-Kisahj diría que la suerte no existe -Dakarai sonrió. Luego se dio la vuelta, dando por zanjada aquella conversación, y salió de los calabozos, dejando a Klaud a solas en la oscuridad.


Algunos días después, Kisahj hubo cumplido su pena en prisión, y aunque tenía permiso para abandonar las celdas, aquéllo no había sido más que el primer paso de una serie de castigos que la princesa Silv le había impuesto, por las molestias que había causado a la Orden cuando asaltó el castillo. A efectos prácticos, y según lo estipulaban las leyes de la casa de Septentrion, los caballeros en periodo de penitencia eran temporalmente relevados de su cargo. En consecuencia, aunque el pícaro acababa de ser nombrado general, tan pronto como Silv consintió en este nombramiento fue destituido para ser arrastrado a los calabozos. Y pasaría un tiempo prudente antes de que pudiera ejercer como tal.
Aquél día llegó al bosque acompañado por un guardia, como era costumbre. Aún le restaban varios meses de trabajos forzados en las canteras del reino antes de saldar su deuda con la princesa. Como era su usanza, no tardaría demasiado en dormir a su vigilante con alguno de los tantos venenos con los que se equipaba. Por lo general, aprovechaba el tiempo en que el hombre estaba inconsciente para pasear por los alrededores, asaltar a caminantes despistados o dormir la siesta. Para cuando el caballero despertaba, él estaba allí, fingiendo un cansancio extremo, y amasando un buen montón de pedruscos que Raíces desprendía de la roca con un sólo puñetazo.
Así habían transcurrido las últimas semanas, y Kisahj ya comenzaba a aburrirse de la rutina diaria.
Aquella vez optó por alejarse de los caminos.
A lo lejos, podía divisarse el pequeño campamento de Quilana, y más allá, el impenetrable territorio de los carroñeros del valle; aquellos barbudos trolls con cerebro de mosquito. Kisahj conocía bien sus límites. Sabía cuando era el momento de parar.
Y, curiosamente, en aquél instante no quería detenerse.
Se adentró sigiloso como una sombra entre los arbustos, con la suavidad con que un halo de luz se cuela por entre las nubes una mañana. Las enormes huellas de los monstruos inundaban el valle; cuatro veces más grandes que las de un pie humano, y tan profundas como las de un elefante. El ladrón siguió el rastro de huellas pisando dentro de ellas para evitar dejar las suyas propias, preguntándose hasta dónde conducirían y qué nuevos botines podría obtener.
De pronto, a lo lejos, un alarido desgarrado arañó el aire y cada uno de los recovecos de aquél silencioso bosque. El elfo alzó las orejas para oír mejor, hasta lograr localizar la procedencia de aquellos gritos de auxilio.
Pisadas de mujer.
Por lo general no habría prestado mucha atención, pero aquél día se aburría sobremanera. El pícaro echó a trotar sin hacer ruido siquiera al pisar sobre la hojarasca seca, en la dirección de la que provenía el sonido, y no tardó en divisar a lo lejos la grácil figura de una doncella que huía despavorida, perseguida por tres gigantescos trolls que torpemente trataban de darle alcance.
El muchacho se sonrió con malicia.
Aquella chica era muy hermosa.
Sin pensárselo dos veces salió disparado en pos de ella, y apenas tres segundos después ya le había dado alcance. Se miraron un instante tan sólo; sin parar de correr. La joven parecía asustada por la repentina aparición de Kisahj; no podía adivinar si él también era un enemigo. El elfo solamente le guiñó un ojo, y la cogió de la mano.
Arrastrada por la carrera del pícaro, las piernas de la chica se movían a una velocidad imposible de controlar. Tan raudas, que dejó de sentirlas como suyas. Al mirar atrás, los gestos desquiciados de sus enemigos le oprimían el pecho pero el miedo, pero, sin entender el motivo, cuando dirigía la vista al frente y reparaba en el endiabladamente hermoso rostro del desconocido, le daban ganas de sonreír. Como si todo aquéllo no fuese más que un juego, y ella no tenía más que dejarse llevar.
A lo lejos, avistaron un pequeño desnivel en el suelo, oculto entre las hojas secas. Una prematura formación rocosa similar a un precipicio, aunque de apenas un par de metros de altura. Al pie del barranco un nudoso árbol malformado luchaba por mantenerse en pie. Kisahj supo entonces que aquél era el final de su alocada carrera. Cuando alcanzaron el precipicio, empujó a la mujer sin más.
La muchacha gritó asustada al creerse caer en el vacío, antes de sentir el tirón del ladrón, que la agarraba por el brazo. La atrajo hasta sí con increíble velocidad y se ocultaron tras el tronco hueco del árbol, al tiempo que los carroñeros salvaban el escalón rocoso y se lanzaban hacia abajo, para continuar corriendo tras una pista inexistente. Cuando los trolls hubieron desaparecido, ambos se miraron un instante, y echaron a reír estrepitosamente.
-Serán estúpidos...- comentó el pícaro socarronamente entre carcajadas. La muchacha sintió que su risa se apagaba con la de él, porque le pareció un sonido tan hermoso que bien valía la pena pararse a escucharlo. -Son como perros corriendo detrás de un palo que nadie ha lanzado.
Ella se ruborizó levemente.
-Yo... graci...-trató de decir, pero dio un paso en falso que la hizo resbalar. Se agarró a los ropajes del joven y al caer de espaldas por el pequeño desnivel, lo arrastró con ella. Habría sido una caída bastante más aparatosa de no ser por aquél sempiterno lecho de hojas rojas que bañaba el bosque de Quilana en primavera.
Cuando Kisahj abrió los ojos se encontró a la desconocida muchacha bajo su cuerpo.
Al principio no dijo nada, simplemente se dejó llevar por la sorpresa de reparar por vez primera en los rasgos de la joven. Los hermosos ojos redondos, de un azul verdoso, se clavaban fijamente en él, recargados de frondosas pestañas. Del mismo color era su cabello, a la altura de los hombros, aunque en aquél momento lucía desordenado y esparcido por el suelo debido a que la tenía tumbada debajo de suya. El ladrón paseó ladinamente la vista por los carnosos labios de la joven Después por su perfecta mandíbula, su níveo cuello y sus prominentes clavículas. Al llegar a la altura del escote, ella habló:
-Gracias por salvarme.
Aquello atrajo de nuevo la atención del pelirrojo muchacho hasta la cara de la chica. Dibujó una hermosa sonrisa de autosuficiencia, tan conquistadora como era su costumbre. Lo que el joven no esperaba era que ella le correspondiese con otra.
-¿Cuál es vuestro nombre, caballero?
-Soy Sir Kisahj...a sus pies -el chico se incorporó lentamente sin dejar de dedicarle una mueca burlona a la mujer.
-Mi nombre es Yetmaja...- sonrió ella levemente, con las mejillas sonrosadas.
-¡Eh, tú! -una voz llamó la atención del pícaro, quien se irguió, de rodillas en el suelo, en la dirección de la que provenía el sonido. La figura del guardia real que la princesa enviaba para vigilarle cada día durante sus tareas de recolección apareció por entre los árboles. Kisahj tragó saliva, había perdido completamente la noción del tiempo y no había podido regresar al lugar de trabajo. -¿Qué estás haciendo? ¡Aparta tus zarpas ahora mismo de esa dama!
El pícaro mostró las palmas de las manos en señal de rendición; pero Yetmaja se puso en pie inesperadamente para defenderlo.
-Por favor; no es lo que pensáis. Este joven acudió a socorrerme de tres enormes trolls que me perseguian por el valle. No seáis injusto con él; ¡le debo la vida!
Kisahj y el guardia miraron con pasmo a la muchacha. Luego el hombre preguntó al pícaro:
-¿Es eso cierto?
Él alzó las cejas y se encogió de hombros despreocupadamente.
-Por supuesto; ¿por quién me tomáis?
El guardia refunfuñó por lo bajo lo que parecían palabras de disculpa, y con un gesto, pidió al chico que volviesen al castillo. Kisahj se llevó las manos a la nuca con un mohín relajado, y aún lanzó una última mirada complacida a Yetmaja antes de marcharse. No supo si lo había imaginado,pero juraría que la muchacha le había dicho en una mueca silenciosa; moviendolos labios sin articular palabra:
Nos vemos aquí mañana.


Dakarai cerró de golpe el povoriento libro de plantas y se restregó los ojos con cansancio. Hab
ía pasado buena parte de la noche buscando nuevos antídotos para los venenos de los animales de la zona, cuando oyó llamar tres veces en la puerta. Dirigió la vista hacia el enorme portón de madera de su dormitorio, pero fue la ventana la que se abrió de par en par.
En el alféizar de piedra, agazapado como un felino; estaba Kisahj.
Ya hacía tiempo que el druida había dejado de sorprenderse por las malas maneras de su amigo, aunque conllevaran trepar cuatro pisos por la fachada e invadir habitaciones ajenas.
Acariciado por la brisa nocturna, el muchacho sonreía.
-Hola; Dakarai, rata de biblioteca. Deberías venir a contemplar la luna- el druida farulló.
-Se te ve de buen humor; picaro.
-A tí no.
El silencio se impuso algunos segundos entre ellos. Kisahj tenía aquellos perniciosos ojos rojos clavados enel cielo, como si pudiera acariciar las constelaciones con la mirada. Dakarai, sin embargo, perdía la vista en el suelo, cerca de la punta de sus pies.
-Eso es porque me he estado preguntando algo estos días...
El ladrón miró a su amigo,sin decir nada.
-¿Por qué has vuelto? -inquirió el elfo albino-¿qué puede haber que te interese lo bastante como para haberte hecho cambiar de opinión? Sé que odias a los caballeros...
El ladronzuelo meditó un instante; después se encogió de hombros.
-Si te empeñas, te lo diré. Aunque quizás hubieras preferido no saberlo -repuso,sin más. -No pienso quedarme mucho tiempo en Fuenteplateada.
-¿Qué significa eso? -pero la expresión de Kisahj ya no era alegre, como si de pronto amargos pensamientos lo hubiesen asaltado. Se marchó sin decir nada, tal como había llegado, y enla mente de Dakarai se formó una única pregunta:
¿Cuánto tiempo les quedaba antes de separarse para siempre?

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By Rouge Rogue

Reseñas: Ante todo, desearía pedir disculpas a Yetmaja si he desvirtuado su personaje. Como con absolutamente todos los pjs de esta historia, he neccesitado acentuar un poco (mucho) sus características personales para darle un papel claro en la trama. No creo que ella llegue jamás a leer esto, pero aun así quería pedir perdón, porque aquellos que la conocimos sabemos lo diferente que era; lo especial que era.
Conocí a Yetmaja siendo perseguida por un par de carroñeros del valle y traté de salvarla. La diferencia es que en la vida real no lo conseguí xD
Aun así aquello fue el principio de una bonita amistad.


viernes, 7 de mayo de 2010

EL PÍCARO DICE: 4

Capítulo 4

El traqueteo de los cascos de caballo acompañaban los pensamientos del elfo mientras se zarandeaba levemente por el vaivén de la carroza. A su lado, el joven Kaldezeit lo miraba todo con sus enormes ojos cargados de codiciosa curiosidad.
Una curiosidad casi infantil.
Y junto al niño,el cochero real se afanaba por guiar a los hermosos caballos bretones que tiraban del carro, en cuyo interior,y acomodada en los lujosos sillones, viajaba la princesa Silv.
Dakarai suspiró casi imperceptiblemente, con aquellos sus ojos violáceos perdidos, mirando sin llegar a ver, entre los elementos del paisaje. Fueron las palabras de Kaldezeit las que lo sacaron de su ensimismamiento.
-No te preocupes; ya volverá- dibujó una conciliadora sonrisa. Dakarai aún tardó en comprender a qué se refería el pequeño mago. -Tu amigo, el pícaro.
-Ah...- cayó al fin en la cuenta.-No lo creo... No sabes lo que dices. Kisahj odia a los caballeros. No los puede ni ver. No se acercará a la orden a menos de diez lemas de distancia.
-Supongo...los ladrones no se llevan bien con la justicia.
-No...-reflexionó el elfo-los motivos son algo distintos.
-¿Qué quieres decir? -Kaldezeit se acomodó en el sillón con intriga. Parecía haber encontrado un tema del que hablar para paliar el aburrimiento; después de tantas horas de conversación frustradas con el cochero. Dakarai pensó entonces que muy poca gente conocía de verdad a su amigo. Tan poca, que sólo él y otra persona en el mundo sabían de donde provenía realmente. Y esa otra persona era el hermano de Kisahj.
-¿Te suena de algo el apellido Antarath?- dijo el druida, sin estar seguro de por qué le contaba aquello al niño. Sabía de sobras que si Kisahj estuviese allí,le habría tirado del carro de una patada por atreverse siquiera a mencionar esa palabra.
Pero el pícaro no estaba.
Le gustase o no, ya no sabía qué rumbo había seguido su amigo.
-¡Antarath!-repitió Kaldezeit.-¡Por supuesto! ¿Cómo no iba a conocerlo? Es el apellido de una de las casas de mayor linaje de los caballeros elfos. Tan antigua, que se dice que en la primera conquista de Fuenteplateada ya había un Antarath. En los manuscritos consta que...
-Está bien, ya veo que te suena un poco-rezongó Dakarai,mirándolo de reojo. No había esperado que un muchacho tan joven tuviera idea de aquellos temas.
Dentro del carruaje, la princesa Silv se estremeció levemente. No había podido evitar enterarse de la conversación de los jóvenes; tan finos eran sus oidos de elfa. Al oír aquél nombre el estómago le había dado un vuelco. Se puso aún más inquieta cuando Dakarai volvió a hablar.
-Kisahj desciende del último de los caballeros reconocidos por la casa Antarath -dijo el elfo,y Kaldezeit abrió los ojos como platos.
-¿Ese ladrón de poca monta pertenece a la casa Antarath?-luego sonrió tanto que parecía que la boca no le cabría en la cara.
-¿Qué tiene de gracioso?-inquirió Dakarai sin comprender.
-Estoy feliz. ¡He conocido a un Antarath!
-En lo que a Kisahj respecta,ese apellido es más un lastre que un orgullo para él.
-¡Un lastre! ¿Cómo puede pensar así? ¿Es que no ve que es un gran honor pertenecer a una casa con tal renombre?
-Bueno...-explicó el druida-eso es porque aunque es descendiente directo de Lüthien Antarath, no es más que un hijo bastardo nacido fuera de las condiciones de la orden de los elfos para heredar el cargo de su padre. Y en consecuencia, Lüthien lo abandonó siendo apenas un niño. A él y a su madre.
Silv se removió incómoda. Conocía a la casa Antarath. Aquellos recuerdos le traían amargas sensaciones.
-Supongo que a ojos del mundo, un caballero es todo valor -prosiguió el druida, en vista de que el pequeño mago tenía la mirada posada en las puntas de sus pies -pero los defectos de los hombres quedan ocultos bajo el brillo de sus armaduras.
Kaldezeit asintió. No podría estar más de acuerdo.
-En ese caso... comprendo que Kisahj no quiera venir-comentó el niño.-Después de todo, ¿no es una jugarreta que su mejor amigo lo haya dejado también para unirse a una orden de caballeria?-el chiquillo sonrió,con una pristina mueca de inocencia, pero Dakarai sintió que su garganta se secaba por segundos. No se había planteado el tema de aquél modo. Del modo en que sólo un crío,tan claramente, podría.
-¡Anda! ¡Mira, Dakarai; ya estamos en Cascadargentada!-
El elfo alzó la vista, y el paisaje de casitas inundó el panorama por momentos. La alegre música del festival de primavera sonaba por las calles del pueblo, más modesta que en la enorme ciudad de Varanas, pero también más acogedora. Los niños se acercaban al carruaje correteando, entre risas y algarabía.
Apenas media hora después ya avistaban los altos muros del castillo de la Orden. Las enormes puertas de madera empalizada se abrieron de par en par para dar paso al suntuoso carruaje. Se detuvieron en mitad del inmenso patio de armas, donde un grupo de guardias se apresuraron a formar un largo pasillo para recibir a la princesa. Dakarai se sintió levemente cohibido. El ambiente en aquél lugar era ligeramente más turbador de lo que lo había imaginado. Cuando la pequeña portezuela del carruaje se abrió, el fornido caballero que aguardaba ante ella tendió una mano a la princesa para ayudarla a descender.
-Mi lady...-le dedicó una profunda reverencia el hombre a la dama, y ella asintió apenas perceptiblemente.
-General- correspondió a su saludo.
Dakarai y Kaldezeit se miraron un tanto desorientados. Luego decidieron bajar de un salto del carruaje. Cuando la princesa y el caballero pasaron por su lado, se detuviron ante ellos.
-General, estos son los jóvenes aventureros de los que os hablé en mi carta. Creo que tienen un gran talento; os agradará descubrir que pueden aportar mucho a esta Orden.
El caballero sonrió con gentileza.
Tenía el cabello fino y liso a la altura de la nuca, de un color blanco casi tan puro como el del propio Dakarai. Aunque era joven para ser humano, se comportaba de modo tan respetable que su saber estar parecía provenir de una experiencia de centenas de años; tan dura había sido su educación.
-Soy el general Sir Klaud. Bienvenidos -los recibió el hombre.
-Gracias. Mi nombre es Dakarai -respondió el druida.- Y él es Kaldezeit.
-Debéis ser muy versados en el arte de la magia; supongo. La princesa no dejaría entrar a cualquiera en la Orden.
-En realidad...-objetó el elfo-la magia es sólo uno de mis talentos. -Señaló altivamente su enorme martillo de piedra, y luego se maldijo a sí mismo en sus adentros. Había hecho un comentario estúpido propio de Kisahj.
Pero Klaud rió.
-Acompañadme -añadió al fin el hidalgo- os mostraré el castillo.
Dakarai y la princesa se perdieron tras el paladín, seguidos de cerca por un pequeño mago tan inquieto, que en lugar de caminar iba dando saltitos.

-Eh, tú, elfo -el hombre golpeó los barrotes de hierro de la celda; y el pícaro abrió los ojos, aburrido. Lanzó una mirada furtiva desde la oscuridad de las sombras al guardia del calabozo, que colocó la fuente de latón en el suelo y luego la empujó al interior de la celda con una patada de desprecio.
Kisahj echó un vistazo al cuenco.
-¿Otra vez pan y agua? ¿Es que no pensáis cambiar el menú?-comentó con desgana el muchacho,
sin siquiera acercarse a la comida.
-Ojalá te pudras; ladrón. Esta vez no vas a salir de aquí así como así.
-Ya...-el joven se cruzó de brazos y volvió a cerrar los ojos para dormirse.
-¿Me estás oyendo? ¡Yo mismo te estaré vigilando!
-En cuanto amaine la tormenta me marcharé. No me gusta dormir al descubierto cuando llueve -dijo el chico sin prestar atención al gesto del guardia. El hombre chistó por lo bajo y se perdió por el pasillo, farfullando palabras inconexas que parecían tener relación con el pícaro.
Hacía ya una semana que se había separado de Dakarai. Cuando el druida se fue, volvió a quedarse sin dinero, sin un techo para cobijarse, y lo que era más importante; sin compañía. Ninguna de esas tres cosas le había preocupado nunca demasiado. Sin embargo en aquellos días ya no conciliaba bien el sueño.
Lanzó una mirada perdida por el pequeño ventanuco de su celda. En lugares como aquél se encontraba como en su casa; no en vano podía entrar y salir a su antojo. Era imposible para los peleles de la guardia que le dieran caza a menos que él mismo se dejase atrapar. Y en aquellos momentos, cuando la lluvia fuera era tan torrenciosa, y cuando las pensiones estaban a rebosar de viajeros no tenia un sitio mejor al que ir.
Porque odiaba la lluvia; siempre la había odiado.
Sí; definitivamente, en cuanto saliera el sol se escaparía otra vez.

Al undécimo día de su estancia allí, Dakarai ya conseguía moverse con soltura entre sus compañeros. Conocía a muchos de ellos, había aprendido sus nombres y rangos, y se mostraba siempre solícito con las peticiones de sus superiores. Sobretodo, había hecho buenas migas con el general Klaud, y de paso con el pequeño mago Kaldezeit, quien había resultado tan afable que ni siquiera Kisahj seguiría odiándolo por el incidente con Bernok de haber estado allí.
No obstante, aun se sentía extraño por haber pasado a formar parte de una orden de caballería. Su pasado no era lo que se podría decir impecable.
"Los defectos de los hombres quedan ocultos tras el brillo de sus armaduras" se recordó una vez más. Nunca conseguía olvidar esas palabras. Sobretodo porque provenían de la boca de cierto rufián pelirrojo.
De pronto, el cuerno de batalla de la orden resonó alto y claro, y las campanas de alerta bramaron cortando el aire con su tañer desesperado. Dakarai sintió que el corazón se le aceleraba, latiéndole con violencia y golpeándole el pecho como si lo quisiera romper. ¿Qué podía estar pasando? ¿Qué podía ir mal?
Atravesó el corredor de fría piedra del castillo a toda velocidad, en dirección a la sala de los generales. Para cuando llegó la encontró vacía. Por la ventana, oyó las voces que provenían del patio.
-¡Formad, deprisa!¡No dejéis que llegue al edificio! ¡Proteged a la princesa!-Los soldados iban y venían en medio de un descontrolado caos. Entre todos ellos, el general Klaud daba las órdenes pertinentes al pelotón. Dakarai no cesaba de preguntarse qué estaría ocurriendo.
Las enormes raíces brotaron del suelo, etéreas e incorpóreas, aferrando con una fuerza aplastante a los caballeros más cercanos, y luego el poderoso enemigo se cernió sobre ellos como una bestia demoledora, arrasando todo a su paso. Dakarai frenó en seco, con los ojos abiertos como platos mientras sus hermanos de armas caían inconscientes.
-No...no puede ser...-masculló, sin dar crédito a la imagen que presenciaba.
Aquél inexplicable desasosiego que le inundaba el pecho lo empujó, de algún modo, a darse la vuelta y salir corriendo. Tenía un presentimiento.
Un mal presentimiento.

-¿A qué viene todo esto? ¡Detenedlo inmediatamente! -dijo la princesa, levemente irritada. Tenía el ceño fruncido y al echar un vistazo rápido desde la ventana de su torreón, descubrió al imparable monstruo que asediaba el castillo, luchando en aquél momento contra el general Klaud.
-No tengáis tanta prisa - repuso él, y dio un paso al frente con una expresión tan sombría que a la muchacha se le pusieron los vellos de punta.
-¿Qué....qué queréis de mí?
En aquél momento Dakarai abrió la puerta de la estancia de par en par. Llevaba su enorme martillo en las manos, y jadeaba por el cansancio. Había subido los doce pisos de la torre a toda velocidad.
La princesa y su captor lo miraron, la una con alivio y el otro con sorpresa.
-Vaya... has venido.
-¡Kisahj! ¿Qué demonios pasa aquí?
El pícaro dibujó una divertida sonrisa, como si encontrase todo aquello de lo más entretenido.
-¿Cómo has sabido que era yo?-inquirió el muchacho.
-¡Raíces está abajo atacando a la caballería! ¡Los ha hecho añicos a todos! -gritó, furioso, el druida. Kisahj se rascó la cabeza.
-Ah, ya veo.
-Kisahj, será mejor que... -Dakarai dio un paso al frente, pero el pícaro alzó su daga para apuntarlo con ella.
-No -sentenció. -No te muevas; voy a hacerlo.
-¿Qué? -la expresión del elfo albino se truncó en pasmo.
Kisahj lanzó una larga mirada a la princesa Silv, quien lo observaba con estupor, y tragó saliva. Luego se arrodilló frente a ella, con la cabeza gacha en una profunda reverencia.
-¿Có...cómo? -Dakarai no sabía ya qué demonios estaba pasando.
-Mi lady -habló Kisahj, con voz firme, y el corazón de la joven latió desbocado con las palabras del pícaro.-He derrotado a todos los caballeros que se han interpuesto en mi camino y he alcanzado la parte más alta de la torre trepando únicamente con mis manos para llegar hasta vos y pedíroslo en persona. Esta es mi prueba de valor. Por favor, princesa...aceptadme como caballero de esta Orden.

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By Rouge Rogue

Reseñas: Cuando volví de mi almuerzo fue con Silver con quien hablé para poder ingresar en el gremio. Ella no sólo me atendió solícitamente; también se mostró encantada con el hecho de que se me hubiera ocurrido la estúpida idea de tener el rango de general...

jueves, 6 de mayo de 2010

EL PÍCARO DICE: 3

Capítulo 3


No fueron los tímidos rayos de sol que se colaban por la ventana, ni el canto de los pajarillos del jardín cercano los que despertaron a Kisahj aquella mañana. Fue el tremendo ruido de la puerta de su habitación al abrirse con violencia y chocar contra la pared. Dakarai entró a toda prisa en el cuarto, y de apenas tres zancadas se plantó en el centro de la estancia.

-¡Tú; pícaro! ¡Desapareciste en mitad de la noche y te llevaste mi dinero! ¡Casi duermo a la intemperie por tu culpa!

-¿Mmh…? ¿Qué hora es? –Kisahj abrió un ojo. –Anda lárgate y déjame en paz –el muchacho se dio la vuelta perezosamente y escondió la cabeza bajo la almohada de finas telas. Dakarai resopló, fastidiado, antes de acercarse y empujarlo con una patada que lo tiró de la cama. El ladrón cayó al suelo estrepitosamente, y luego se puso en pie tan desorientado como si hubiera aparecido en otro universo.

-¡Si no llega a ser por la princesa…! ¡Pero ya me he cansado! ¡A partir de ahora el dinero lo administro yo! –Kisahj no prestaba demasiada atención a los gritos de su amigo. En su lugar, se sentó en el borde de la cama con la vista desenfocada por el sueño.

-¿Cómo me has encontrado…?- inquirió medio grogui al druida.

-¡Solo hay dos burdeles en esta ciudad! Eso limita bastante la búsqueda, no te parece?- pero Kisahj había vuelto a dormirse en la misma posición en la que se encontraba. Dakarai sintió deseos de atizarle con todas sus fuerzas.

-¡No te duermas! –lo zarandeó. –Partimos hacia Tágena al medio día. ¡Vístete de una vez! –

Salió del cuarto como una exhalación, cerrando nuevamente la puerta con un golpe. Pero a Kisahj todo eso le daba igual.

Soñaba plácidamente; y en sus sueños un niño le sonreía. Las pequeñas orejas puntiagudas sobresalían de entre su enmarañado cabello verde oscuro.

-¡Kisahj! ¡Señor!- lo llamaba el niño.

-¿Da…Dahedras?- balbuceaba el pícaro.

-Oiga señor…

-No me llames señor, soy tu hermano…

-Señor, por favor…

Señor…

Señor.

Para cuando abrió los ojos; ya habían pasado varias horas.

-¡Oiga señor! ¡Despierte de una vez! –se quejaba la mujer. El ladrón se restregó los ojos adormecidos y lanzó una mirada furtiva a la oronda señora que lo observaba a escasos pasos de distancia. Tenía los brazos en jarra, y parecía disgustada. -¡Está ocupando una cama! ¡Lleva ahí toda la mañana; supongo que sabe que tiene que pagarla!-

Kisahj resopló con fastidio, pero la Madame del prostíbulo no estaba por la labor de ceder.

-Ya pagué el servicio…

-Usted pagó por una noche con dos señoritas. Pero debe el importe de haber ocupado la habitación por la mañana –la estridente voz de la dama ensordecía sus oídos.

-Está bien, está bien. Pagaré. Enseguida bajo.

-No. Pague ahora.

Kisahj farfulló incomprensibles palabras mientras rebuscaba entre sus ropajes. Le lanzó a la mujer de mala gana una pequeña bolsita repleta con monedas de oro. Cuando la madame la abrió, su expresión pasó del más puro tedio a una luminosa felicidad.

-¡Amable caballero! ¡Quédese el tiempo que desee…puedo mandarle las más exóticas y hermosas mujeres que pueda imaginar!

-Lárguese; quiero vestirme –se puso en pie de mal humor. La mujer asintió y se perdió de prisa por el pasillo, después de haber lanzado una mirada lasciva al dorso desnudo del joven.

-Tsk, maldita sea…-chistó enojado –Seguro que aquellas mujeres me pusieron algo en la bebida para dormir.

Para cuando al fin tuvo plena conciencia de hacia dónde le conducían sus pasos, reparó en el hecho de que hacía rato que pasaba del medio día. Seguramente su amigo habría puesto ya rumbo hacia Tágena. Allí se encontraba el Santuario Olvidado, donde los eruditos aún hacían ofrendas a los dioses antiguos. Dakarai no bromeaba cuando decía que tenían que ganarse el perdón de Gaia, la diosa de la naturaleza.

-¿Y ahora qué? Ese idiota se ha llevado el dinero y yo en un arrebato e he dado a la vieja mis últimas monedas.

Raíces se zarandeó de un lado a otro en una protesta silenciosa, adivinando las intenciones del ladrón.

-Pues no vengas si no quieres. Pero el dinero tengo que conseguirlo como sea, necesito un caballo.-Lanzó una mirada rápida a su alrededor. Se hallaba en la plaza principal de Varanas, atestada de gentes que iban y venían, animadas por el festival de la primavera, y apenas necesitó un segundo para encontrar a la víctima fácil que buscaba.

Una linda muchacha de rubios cabellos que caminaba distraídamente se acercaba hacia él. Tenía los hermosos ojos verdes posados en los puestos del mercado, y no se percató siquiera de la existencia del pícaro.

-Oh, perdona –fingió él que tropezaba con ella, y la asió apenas un segundo para evitar que cayese.

El tiempo suficiente para simular un gesto cordial.

El tiempo suficiente para hacerse con su bolsa de oro.

-Ah, discúlpeme, soy tan distraída…-la muchacha se recogió dulcemente el cabello tras las orejas.

-Para nada; la culpa es mía, madmoiselle –se acercó tanto a ella, que por un instante la chica creyó que la besaría. Se ruborizó hasta límites insospechados, sin poder apartar los ojos de los labios del muchacho. –Hasta más ver, madmoiselle- hizo una pequeña y teatral reverencia con su mejor tono de conquistador, y ella le dedicó una angelical sonrisa. Cuando ambos retomaron su rumbo, Kisahj se felicitó una vez más por el impecable trabajo.

-¡Hermano! –oyó el joven, en algún lugar. Instintivamente, se giró sobre sí mismo con el corazón en un puño. -¡Hermana! –volvió a escuchar, y comprendió que se había confundido al principio. Un chico de apenas doce años se acercó correteando juguetonamente hacia la muchacha rubia. Aquella escena tan sencilla hizo que las tripas se le pusieran del revés. Kisahj no podía, o no quería comprender el motivo que le impulsó a hacer lo que hizo. Algo que no había pasado en mucho, mucho tiempo. Fue honrado.

-¡Eh! ¡Madmoiselle! –llamó apuradamente a la chica. Ella se volvió solícita, como si en el fondo hubiese estado deseando que él le dijese algo más. –Esto…creo que os pertenece. Se os debe haber caído –rezongó el muchacho, extendiendo la pequeña bolsita de tela hacia la joven. El inocente rostro de la doncella se iluminó.

-¡Oh! ¡Muchísmas gracias! Qué boba soy.

-No las merece, olvidadlo.

-¿Cómo podré recompensaros? –aquella pregunta abrió un abanico de sugerentes posibilidades en la mente de Kisahj.

-No…no es necesario –se hizo de rogar.

-Por favor, habéis sido muy gentil. ¡Cualquier otro se la habría quedado! –Kisahj se sonrió en sus adentros.

-Pues…ahora que lo decís…sí que habría algo que podríais hacer por mí.


Se despidió de ella y bajó del carro con un ágil salto. La joven lo miró con un hermoso brillo de embeleso en sus ojos.

-Siento no poder dejaros más cerca del santuario…los merodeadores de Tágena me dan mucho miedo… -se excusó, avergonzada.

-No os preocupéis, ya no disto mucho de allí, daré un paseo a pie –se hizo el interesante, y aún le dedicó un guiño a la chica antes de poner rumbo camino a Tágena. Algunos segundos después, ella gritó su nombre.

-¡Kisahj! –Y cuando el muchacho se volvió para encararla, la doncella lo despedía fervientemente con la mano.- ¡Me llamo Allain! ¡No me olvides nunca por favor!

-¡Dadlo por hecho, madmoiselle! ¡Os llevaré en el corazón!

Y él volvió a entregarse a su marcha por el sendero mientras el carro tirado por la anciana mula se perdía en dirección opuesta.


El Santuario Olvidado se hallaba en completo silencio cuando él llegó.

Lo único que le llamó la atención fue la figura arrodillada de su mejor amigo; de espaldas a él. Dakarai oraba a Gaia en un susurro acompasado y monocorde. Kisahj decidió sentarse a esperar en la escalinata de piedra caliza de la entrada. Cuando soltó sus escasas pertenencias en el suelo, una fina risa musical lo hizo alzar la mirada. Se atragantó con su propia saliva cundo la vió llegar.

La princesa Silv.

A su lado, la figura menuda de un muchacho llamó la atención del pícaro. Se trataba de Kaldezeit; el líder de los caza recompensas que acabaron con Bernok la noche anterior. Cuando repararon en su presencia, Silv y Kaldezeit detuvieron su amena conversación y se miraron entre sí con incertidumbre.

-Vaya, a quién tenemos aquí…-Kisahj esbozó una mueca perniciosa, ladeando los labios.

-Eso debería decir yo –Dakarai apareció a espaldas del pícaro. Bostezó sonoramente estirando los brazos hasta ponerse de puntillas. -¿Cómo has llegado?

-Me trajo una chica en su carro.

-¿Una chica? ¿Quién?

-Pues…no sé. Qué más da. No recuerdo su nombre. Y a todo esto, ¿qué hace mi lady aún aquí?

-Pues…Bueno, precisamente de eso quería hablarte.

-Creo que mejor os dejamos a solas…-se disculpó Silv, pero Dakarai rehusó su oferta.

-No es necesario, mi lady. No tardaremos demasiado.

-Venga, suéltalo ya.

-Verás…- comenzó Dakarai – la princesa está muy impresionada con el trabajo que hicimos con Bernok y nos ha propuesto para entrar en la Orden de Caballería de Septentrion. Con sus créditos no tendremos problema en acceder. Es una prestigiosa casa de hidalgos y se gana mucho dinero…

-No me interesa –lo cortó Kisahj.

-¿Qué?

-Que no me interesa. No quiero tener nada que ver con caballeros.-

Dakarai carraspeó un par de veces para aclararse la voz.

-Ya sabía que dirías eso, por eso no he contado contigo para esto.

Kisahj sintió como si un cristal se hubiese roto en algún lugar dentro de su cabeza. Tardó varios segundos en procesar las palabras de su amigo.

-Entonces…¿qué vas a hacer?

-He aceptado –sentenció Dakarai.

-¿Vas a dejarme tirado?

-Se te da muy mal ir de víctima, deja de interpretar –masculló el albino muchacho. Kisahj resopló.

En realidad, no sabía cuánto de lo que sentía era verdad, y cuánto mentira.

-Así que te marchas…-comentó finalmente, con voz queda. Tenía la vista fija en la punta de sus pies.

-Si; es hora de pensar un poco en mí. De dejar de dormir a la intemperie, de buscarte en burdeles por la mañana. De preocuparme porque derrochas en bebida nuestro presupuesto y de rezar para expiar tu interminable lista de fechorías.

-Ya veo…- suspiró largamente antes de volver a hablar, bajo la penetrante mirada de los presentes.-De acuerdo –concluyó- no intentaré detenerte.

En el fondo, Dakarai hubiera esperado que Kisahj montase una pataleta. Que refunfuñara o se muriera de envidia por lo afortunado que él era. Cualquier cosa menos aquella indiferencia a la que estaba, tan tristemente, acostumbrado. Porque Kisahj era puro egoísmo. Recordaba cómo la noche anterior había dicho: “quiero creer que en el fondo tienes corazón”. Quizás era cierto que no lo tenía. O que estaba tan podrido como todo el mundo creía.

-Suerte para el viaje…- comentó Dakarai a modo de despedida, cuando vio que su amigo se ponía en pie y se echaba la maleta al hombro.

Kisahj aún le dedicó una última sonrisa.

Pero era una sonrisa muy dolida.

-La suerte es para los débiles. Yo tengo talento.

Y luego echó a andar sin volver la vista, dejando a Dakarai a sus espaldas.

Podría haber dicho cualquier otra cosa.

Desearle lo mejor al que había sido y era su mejor amigo.

Podría, pero no lo hizo.

Y aquella vez le costó mucho no arrepentirse.


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By Rouge Rogue


Reseñas: Aquél día, yo no estaba en un prostíbulo, ni mucho menos, sino felizmente almorzando xD

Me ausenté apenas media hora, pero para cuando regresé mis supuestos mejores amigos ya habían abandonado toda perspectiva de que yo crease un gremio y habían decidido crearlo con una chica a la que acababan de conocer(Silver). Y nisiquiera me esperaron para preguntarme.
Sí; tener amigos para esto.
Os odio; cabrones. xD


miércoles, 5 de mayo de 2010

EL PÍCARO DICE: 2

Capítulo 2

-Veamos…ilumíname. ¿Qué hacemos perdiendo el tiempo en encender una hoguera, si tenemos una misión importante que cumplir? –bufó Kisahj, hastiado; dejándose caer en el suelo junto a su mejor amigo. Dakarai, sin embargo, continuó tratando de avivar las llamas con gesto fastidiado.
-Mira que te lo he dicho antes, pues nada. Ya sabía que no me estabas escuchando.
-Um…es que esa mujer era muy guapa…y además adinerada… -Kisahj se mesó la perilla distraídamente.
-¿Quieres ayudarme de una vez? A ver si echamos la carne al fuego y con el olor atraemos a la bestia –Dakarai añadió otra pila de madera seca a las flamas, que se esforzaban torpemente por despertar.
-¿No se supone que los lobos comen carne cruda?
-Los territorios bajo su dominio son inmensos; con el humo el olor llegará más lejos…espero.
-Lo que tu digas –Kisahj se puso en pie y acarreó el último montón de hojarasca para lanzarlo al recién nacido fogón. –De todos modos, cazar un lobo no me parece una misión tan complicada como para recurrir a nosotros.
-Dime la verdad; no leíste nada de la carta que te envié. ¡Dilo!– Dakarai se secó el sudor, enormemente fastidiado, y lanzó una mirada acusadora al pícaro. El pelirrojo elfo aún tardó un par de segundos en responder.
-Bueno… ¡Eran tres páginas de texto! ¿Qué clase de idiota escribe una carta tan larga? ¡Sólo leí lo importante; la cantidad a cobrar!
-Por qué no me sorprende… -el druida se alejó de la hoguera con un par de zancadas y luego se sentó sobre el mullido césped del valle. Chasqueó la lengua con tedio.
Ya había anochecido.
Tras dejar a la princesa Silv en lugar seguro, ambos habían acudido a los dominios de los lobos para encontrar a Bernok el astuto*.
-Ese lobo… no es como los demás –comentó Dakarai. Tenía los ojos perdidos en las llamas de la hoguera, que a aquellas alturas crepitaban danzando burlonamente ante él. Las luces doradas que bañaban su rostro le conferían un aspecto casi angelical, con el níveo cabello blanco recortando sus facciones.
-¿A qué te refieres? –inquirió Kisahj. Raíces apareció de la nada, junto a él, produciendo un agradable sonido, como de hojas arrulladas por el céfiro.
-Bueno, me he informado… No sabría adivinar qué tiene de maligno en su interior, pero es tan ladino como los hombres, y posee la fuerza de cien lobos. Los aldeanos están atemorizados.-
Kisahj se recostó en el césped, cruzando los brazos tras la cabeza.
-Aun así…- respondió el ladrón, sin más.
-La princesa acudió a nosotros porque sabe que somos los mejores caza recompensas de estas tierras.
-El caza recompensas eres tú; yo soy un profesional.
-Es de vital importancia que acabemos bien este trabajo –Dakarai lo interrumpió. –De otro modo la princesa se verá obligada a ceder a negociaciones con Bernok personalmente.
-Negociar no es tan terrible –Kisahj sonrió.
-Los términos de la negociación de Bernok requieren la vida de la princesa a cambio de dejar de asolar las tierras de Fuenteplateada.-
El silencio se impuso durante algunos segundos, mientras los amigos contemplaban el inmenso mar estrellado que era el cielo sobre sus cabezas. Luego; Kisahj habló.
-¿Y qué? –dijo.
-Suponía que dirías algo así. De todos modos, tómatelo como quieras. Si no lo haces por salvar la vida a centenares de inocentes; al menos piensa que si fallamos no tendrás recompensa.
-Dinero…ahora hablamos el mismo idioma –el pelirrojo muchacho lanzó un sonoro bostezo.
-Quiero pensar que en el fondo tienes corazón –Dakarai bostezó también, contagiado por su amigo.
-Si no pones demasiadas expectativas en mí; no tendré que defraudarte –rió el ladrón.
En aquél momento, el apacible agasajo de las ramas de Raíces se vio truncado en un ronco rezongar; un gruñido grave y profundo, como el de un enorme barco de madera hamaqueado con parsimonia en medio de un mar en calma.
-Vaya. Ya están aquí –comentó Kisahj, sin cambiar siquiera el tono relajado de su voz.
-¿Cuántos? –inquirió Dakarai, tratando de concentrarse en oír sus pisadas. Sentir sus presencias.
-Diez. Quizás doce.
Los amigos se pusieron en pie de un salto justo en el momento en que la manada de lobos asolaba el claro del bosque con violencia. Sus feroces aullidos ahogaron las voces de los muchachos, que se vieron de pronto asediados por una docena de bestias de gran tamaño.
-¿Cuál es Bernok? –Kisahj saltó a un lado a tiempo de esquivar el zarpazo que el lobo más cercano, de pardo pelaje, lanzaba contra él. Rodó con agilidad por los suelos y echó a correr sin dirección aparente, mientras cuatro de los lupinos le seguían de cerca.
-¡No lo sé! –admitió Dakarai; esforzándose por completar su hechizo. Dos de los lobos habían quedado atrapados en la portentosa red de zarzas que el druida había hecho brotar de la tierra. Los animales gruñían, furiosos, mientras luchaban ferozmente por desasirse de su prisión. Por si fuera poco, aún otros tres lo rodeaban, esperando el momento oportuno para atacar.
Dakarai aguardó pacientemente con aquél hechizo imbuído de todas sus fuerzas, y en el instante mismo en que uno de los lobos se lanzó contra él con ansia incontenida, la enorme flecha de piedra que invocó el druida lo golpeó con contundencia. El lobo gimió de dolor al salir disparado y caer a varios metros del elfo.
Sin embargo, aquél segundo de distracción supuso un grave descuido por su parte, y otra de las bestias logró alcanzarle con sus fauces una pierna. El joven soltó un profundo alarido de dolor que rasgó el aire, e instintivamente se llevó las manos a la espalda. Desató los cinchos que sujetaban su enorme martillo y lanzó el arma con toda la furia de que fue capaz contra el animal, golpeándolo de lleno en la cabeza. El chasquido seco de la mandíbula del lobo al hacerse añicos aún se oyó más que el propio aullido del animal cuando cayó al suelo.
Y ya no volvió a levantarse.
Kisahj lanzó una mirada rápida a Raíces. A pesar de que se enfrentaba a tres lobos, el espíritu de roble se las apañaba muy bien solo. Aquella portentosa armadura de cortezas que era su piel suponía un buen blindaje contra los ataque enemigos. En ese sentido; Kisahj no tenía demasiada ventaja. Sólo podía valerse de su destreza para deshacerse de ellos.
Aunque sólo disponía de un instante para lanzar su ataque, tenía que arriesgarse aprovechando el factor sorpresa. De otro modo se hallaría en inferioridad de condiciones, y eso suponía recibir mucho daño. Apenas necesitó un segundo para invertir la dirección de su carrera, frenando en seco y lanzándose de lleno contra sus adversarios, quienes tardaron en reaccionar el tiempo suficiente para que el pícaro hiciera su trabajo. Las dos primeras bestias cayeron sin posibilidad de evitar el impecable corte del ladrón en la yugular, y aún los otros dos resultaron heridos; sin embargo no mortalmente. Los animales gruñeron, embravecidos, arremetiendo de nuevo contra el pícaro.
-Tsk –chistó Kisahj, insatisfecho. –Qué mal día llevo hoy.
-Eh, ¿necesitas que te eche una mano? –Dakarai se acercaba ya caminando resueltamente, después de haber curado la herida de su pierna.
-Ni se te ocurra. Lárgate; estos son míos.
-Venga; acabemos pronto y vámonos a dormir ya –el elfo no hizo el menor caso a su amigo y enarboló su enorme martillo de piedra por encima de su cabeza. Apenas tuvo tiempo de blandirlo un par de veces, y justo cuando se disponía a atacar, los animales cayeron al suelo; gimientes. Siquiera un segundo después estaban muertos.
-¿Cómo? – Dakarai lanzó una mirada de reproche a Kisahj. Por toda respuesta, el pícaro alzó una de sus dagas para que su amigo lo comprendiera. La afilada hoja del arma destelló bajo la luz de la luna, mortalmente hermosa.
-Así que son tus dagas venenosas.
-Uno nunca sobrevive a una herida de éstas –comentó el ladrón, con una sonrisa socarrona.
-Bueno; tendremos que enterrar a estos animales…-dijo el albino muchacho sin esperar que realmente su amigo le prestase ayuda.
-Paso. Tú eres el druida; tú le debes una disculpa a Gaia.
-Eres terriblemente estúpido a veces –se quejó el elfo, pero tan pronto como se disonía a volver a abrir la boca, se le petrificó el rostro. –Ki…Kisahj –tenía los ojos abiertos como platos –creo que ya sé quién es Bernok. –
Señaló tímidamente a espaldas del pícaro.
Cuando Kisahj se giró, reparó entonces en los brillantes ojos rojos que relucían en la oscuridad de la noche. La silueta del lobo, aproximadamente diez veces mayor que la de una criatura normal, emergió de entre la vegetación con sigilo, apretando las mandíbulas y dejando ver unos enormes colmillos afilados con restos de sangre.
El animal gruñó, furioso, mientras erizaba el oscuro pelaje gris de su lomo.
-Vaya… -comentó Kisahj –Daka, espero que te encuentres en forma hoy; necesitaré de toda tu magia para que me cures.
-Para nada.
-Estupendo.
Kisahj asió sus dagas con firmeza y lanzó una desafiante mirada a Bernok, al tiempo que Dakarai hacía lo propio con su martillo. Pronto Raíces regresó junto a su dueño, con un gesto tan fiero que podría haber aplacado a cualquier otro.
Pero Bernok estaba maldito; no conocía el temor.
Apenas un leve gesto de cabeza de Dakarai fue la señal para atacar.
Ambos amigos se disponían a lanzarse contra el monstruo, cuando sus bravos gritos de guerra fueron ahogados con otros aún más escandalosos. Kisahj y Dakarai sintieron que se congelaban de pies a cabeza al ver que un grupo de más de una decena de aventureros irrumpía de repente en el claro y pasaba por su lado a toda velocidad para lanzarse contra Bernok sin mediar palabra alguna.
-¿Qué diablos? –Kisahj apuñaló a Dakarai con la vista.
-¡No tengo ni idea!- gritó el druida para hacerse oír sobre el estruendo de golpes y hechizos mágicos. Las luces cegaban a los muchachos, impidiéndoles de forma alguna seguir el desarrollo de la contienda, si bien al cabo de algunos segundos todo fue de nuevo oscuridad.
Oscuridad y silencio.
Los restos de los hechizos acabaron por desvanecerse, como únicos testigos de lo que allí había ocurrido. Sin poder controlarse, Kisahj creyó por un momento que explotaría de rabia mientras los aventureros desconocidos comentaban alegremente la batalla que acababa de tener lugar. A sus pies; Bernok yacía inerte.
-¡¿Qué ***** está pasando aquí?! –vociferó de tan mal humor, que consiguió atraer la atención de todos los presentes.
-Ah…- un joven adolescente de apenas quince años le dedicó una campechana sonrisa. El chiquillo apenas pasaba del metro sesenta. El cabello negro caía de forma desigual por su nuca, y lo que más llamaba la atención de él, era que parecía, pese a todo, el cabecilla del grupo. –Mi nombre es Kaldezeit. Encontré un anuncio por el cual ofrecían una gran recompensa. Consistía en eliminar a Bernok y…
-Sé qué anuncio es ese –lo cortó Kisahj, fastidiado. –Pregunto cómo os atrevéis a plantaros aquí y robarme MI presa –el ladrón dio un paso al frente con aire amenazador, mientras Dakarai trataba de quitar hierro al asunto.
-Venga, venga. No te lo tomes así…
-¿Que ellos han matado a Bernok?- en aquél instante, si. Kisahj sintió que su mundo se hacía pedazos. Al girarse; allí estaba ella. La princesa Silv.
-¿Qué? ¿Qué demonios hacéis vos aquí?-casi escupió sus palabras el joven.
-No me encontraba nada tranquila quedándome a salvo mientras luchabais por mí. Quería ayudar…
-¿Pero bueno qué le pasa hoy al mundo?
-Decidme; ¿es cierto que han sido estos aventureros y no vosotros quienes han vencido a Bernok?
-¿Estos idiotas? Por favor mi lady me ofendéis…-rezongó Kisahj.
-Si, mi lady. Ellos han lo derrotado antes que nosotros –Dakarai lo cortó con sus sinceras palabras y una profunda reverencia hacia la princesa. Kisahj hubiera deseado que las miradas envenenasen tanto como sus dagas.
-Eso significa…que la recompensa les pertenece a ellos –concluyó la princesa Silv, y dibujó una hermosa sonrisa que no hizo sino desesperar aun más a Kisahj.
Kaldezeit se echó a reír tímidamente, coreado por sus acompañantes.
Para cuando los aventureros rivales se hubieron marchado y volvieron a quedarse a solas, la madrugada alcanzaba ya su punto alto.
Bajo la luz de la luna, el claro inundado por la sangre de los animales confería un aspecto desolador al paisaje. En el fondo, Dakarai se sentía mejor por no haber recibido el dinero de la recompensa. Era un druida. Podía cometer aquellos pecados en ayuda y defensa de los inocentes, pero por nada del mundo le gustaba pensar en matar animales por dinero.
No quería parecerse a Kisahj.
Suspiró, aliviado, mientras pensaba en dar sepultura a todas las bestias y rezar una oración a Gaia, cuando se preguntó cómo lo llevaría su mejor amigo. Después de todo; para él, el dinero sí era importante.
-Bueno, Kisahj, la próxima vez será…-

Pero cuando se giró para mirar al pícaro él ya no estaba allí.

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By Rouge Rogue

Reseñas: Misión "Bernok, el astuto". Apenas había pasado un rato de conocer a Silv cuando nos pidió que la ayudásemos en la misión de Bernok. Dakarai y yo cedimos amablemente, y lo que en un principi0 éramos dos tios ayudando a una joven desconocida, acabó como una raid de quince personas que por el lag me impedía acercarme siquiera al susodicho Bernok. Hube de conformarme con matar a sus vasallos en la distancia...