domingo, 13 de junio de 2010

EL PÍCARO DICE: 12

Capítulo 12

Aquella mañana se presentó triste y gris; tan nublada que Dakarai sentía dolor de cabeza. Resopló con fastidio mientras se afanaba en desempacar su equipaje de la noche anterior, y aún el mediodía cayó sobre Taborea sin que el druida se diese cuenta, por cuanto el encapotado cielo impedía que llegara la luz del sol.
Cuando bajó al enorme comedor, acuciado por el hambre, notó un extraño revuelo a las puertas del castillo. Y entre todas las figuras que iban y venían, una llamó especialmente su atención.
Klaud.
-Mi lady, ruego me disculpéis, pero no puedo dejaros pasar sin una acreditación. -Decía él. -Ésta es la morada de la Princesa Silvermoon y...
-Necesito verle. Os lo ruego; vos no lo comprendéis -la doncella se aferró con fuerza a la sobrevesta del caballero, pero él no hizo el más mínimo intento de librarse de ella.
-Le aseguro que lo lamento en el alma, pero...comprenda que son circunstancias muy especiales... Usted es una sacerdotisa y necesita un dictado del Templo de la Bruma para venir aquí... son las condiciones de nuestro tratado.
-Es muy urgente; sólo él puede ayudarme, por favor -La voz de Yetmaja comenzaba a quebrarse por los nervios. Klaud sintió que se le partía el alma.
-¿Yetmaja? - intervino Dakarai. -La muchacha alzó la vista, esperanzada, y al ver al druida sus ojos se iluminaron.
-Vos sois el amigo de Sir Kisahj -lo reconoció enseguida. -Por favor, tenéis que ayudarme -las lágrimas escapaban a su control y con un gesto suplicante se encaminó hacia el chico. Dakarai y Klaud intercambiaron una mirada seria.
Apenas un segundo.
Y el paladín asintió.
-De acuerdo; seguidme - indicó el druida a la muchacha que lo acompañara, y ella asintió presurosa, enjugando sus lágrimas y esbozando una tímida sonrisa de agradecimiento al joven.

Dakarai cerró con cuidado la puerta de su dormitorio.
Yetmaja paseó con curiosidad poco disimulada sus redondos ojos por los detalles de la estancia, y se sintió aún más pequeña y desprotegida. Se había pasado toda la vida encerrada en el templo y no había conocido jamás la libertad. Su existencia era tan infinitamente humilde, que el simple hecho de estar en un lugar como aquél se le antojaba desmesurado.
-Disculpad que os haya traído aquí -se excusó ante todo el elfo. -No es el mejor lugar para una reunión privada, pero a estas horas el castillo rebosa actividad, y es presumible que no convendría que se aireara demasiado vuestra visita.
-Sí -aceptó Yetmaja. En realidad, le importaba poco lo que dijesen de ella. Tenía otros asuntos más importantes en la cabeza.
-Tomad asiento si lo deseáis- la invitó el muchacho, y ella retrocedió sutílmente hasta acomodarse en el borde de la lujosa cama, mientras Dakarai hacía lo propio en la silla de su escritorio.
-No sé por dónde empezar. Estaba buscando a Sir Kisahj -la chica hundió la vista en el suelo, avergonzada.
-No he tenido noticias suyas hoy. Salió temprano por la mañana, y no ha regresado.
-Ya... -Yetmaja suspiró largamente, estrechando entre sus manos las faldas de su túnica blanca. -Debe estar ocupado con los preparativos; tal como me prometió.
-¿Preparativos?
La doncella miró al druida, inquisitiva.
-Deduzco por vuestras palabras que Sir Kisahj no os ha contado nada sobre nosotros.
-Deducís bien.
Aquello arrancó una pequeña sonrisa de los labios de la dama. Una sonrisa de gratitud.
-Ha sido tan bueno conmigo todo este tiempo... Y no se lo ha contado a nadie. Nunca podré pagárselo.
-Mis más sinceras disculpas -la interrumpió Dakarai. -Pero no estoy especialmente orgulloso de estos..."encuentros", que pueden poner en peligro la reputación de nuestra noble Orden. Sin duda Sir Kisahj ha obrado precariamente.
-No; por favor. Os ruego no digáis eso -defendió al pícaro la mujer. -No conocéis la empresa que lo ha empujado a semejante locura.
Dakarai sonrió, algo escéptico.
-Mi lady; creo conocer bien a mi mejor amigo. Sus "empresas" para con las damiselas no son muy difíciles de imaginar.
Yetmaja comprendió de súbito a qué se refería Dakarai, y sintió que se ruborizaba por momentos.
-Os quivocais -alegó; rápidamente. -Sir Kisahj no... él nunca... Siempre ha sido muy correcto conmigo -dijo al fin, avergonzada. Dakarai alzó las cejas, con incredulidad.
-¿Pues entonces? ¿Por qué esas escapadas a escondidas?
-Yo...podría decirse que...guardaba un secreto. Un secreto importante.
Dakarai se acomodó en la silla, dispuesto a escuchar la historia de la muchacha, pero sin decir nada. No deseaba presionarla. Por su parte, Yetmaja sintió que las manos empezaban a temblarle al evocar aquellos dolorosos recuerdos, y tuvo que esforzarse para mantener la compostura.
-De acuerdo...- admitió ella, al fin.- Mi estancia en el Templo de la Bruma no ha sido precisamente fácil. Ingresé siendo apenas una niña porque mis padres no podían mantenerme y decidieron deshacerse de mí, así que nunca he tenido una figura de protección a mi lado. -
Dakarai agachó la mirada y la clavó en la punta de sus pies.
La chica prosiguió hablando.
-El Templo de la Bruma es sólo para mujeres, pero muchos de los emisarios que las Órdenes envían para contratar nuestros servicios como sacerdotisas son chicos. A veces, tenemos que trabajar con ellos.- Tragó saliva, sintiéndose como una idiota por decir algo así; si bien Dakarai continuaba tan impasible como al principio, y eso la animó a continuar.
-Hubo una vez...- aquello fue ciertamente costoso de admitir. -Sólo una vez -clavó sus preciosos ojos azulados con gesto suplicante en los de Dakarai, quien creyó poder comprenderla.- Creí que él se quedaría a mi lado, pero cuando el contrato de ambas casas dio por finalizado, no volví a verle nunca más. Se marchó, dejándome de lado. A mí y al hijo que traía en mis entrañas.
Dakarai se revolvió, levemente incómodo. Para entonces las lágrimas ya volvían a resbalar pesadamente por las mejillas de Yet.
-Me las arreglé para ocultar mi estado, y no fue nada fácil. Comía muy poco para no engordar demasiado, y nunca volví a compartir el baño con mis hermanas del Templo. Al cabo de ocho meses nació ella. Mi hija. Y yo... yo...- Yet cerró los ojos y sollozó largamente.
-¿Qué ocurrió entonces?-Dakarai la interrumpió por vez primera, sintiendo que de verdad deseaba saber qué era lo que una muchacha tan joven y sola como Yetmaja había hecho con un bebé. Se le pusieron los vellos de punta, imaginando las posibilidades.
-No podía quedármela. Era imposible -trataba de autoconvencerse a sí misma, pero en el fondo sabía que no había tomado la decisión correcta.
-¿Le hiciste daño al bebé?
-No -Yetmaja clavó los ojos en el elfo como si aquella idea le resultase aterradora. -Nunca se me habría pasado por la cabeza hacer algo así. Era mi hija, y la quería. Me escapé una noche del templo, y la abandoné en el pueblo, en la puerta de una de las casas de la aldea. Pero... -frunció el ceño, molesta consigo misma. -Me arepentí desde el mismo momento en que me separé de ella, y para cuando me atreví a regresar, apenas unos meses después, ya se la habían llevado.
-¿Adónde?
-No lo sé. Nunca pude saberlo. La habían entregado a un horfanato, en las afueras. Pero le perdí la pista y me fue imposible volver a encontrarla.
-Entiendo -Dakarai se rascó la cabeza distraídamente. -Y supongo que es ahí donde entra Kisah, ¿Verdad?
Yetmaja asintió levemente.
-Hace ya tres años de aquello; pero aún anhelo poder encontrarla. Y lo que yo no he conseguido en esos tres años, Kisahj lo ha logrado en tres meses.
-Ya -a Dakarai aquello no le sorprendía en absoluto. Su amigo era bueno localizando a gente. Endiabladamente bueno; de hecho. -¿Y qué piensas hacer ahora?
Fuera, a través del enorme ventanal, el cielo se iluminó por un momento, bañado en plata.
Un trueno hizo retumbar sonoramente cada uno de los recovecos del castillo, y acto seguido comenzó de nuevo a llover. Ambos jóvenes lanzaron una mirada perdida a través del cristal, por donde las pequeñas gotitas de agua empezaban a discurrir haciendo zigzag.
-Voy a partir en su búsqueda- sentenció la muchacha, cuando la pregunta de Dakarai casi se había desvanecido en el aire.
-¿Kisahj se encarga de los preparativos de tu viaje?
Ella asintió.
-Pero...-añadió con preocupación. -Ahora mi secreto no está a salvo. Una de las chicas de mi hermandad lo ha descubierto y ha informado a las superioras. A estas alturas deben estar buscándome. No sabía qué hacer; por eso he huído y he venido a buscar a Kisahj.
-¿Y qué ocurrirá si te encuentran?- Dakarai se puso en pie; temiendo que aquél asunto tuviera consecuencias negativas para Yetmaja o para la Orden.
-Si eso ocurre -la chica hundió el rostro entre las manos y sollozó, nerviosa. -Si eso ocurre me encarcelarán y no podré ir a buscarla. No podré...quiero estar con mi hija...- su voz se perdió entre gemidos inconfundibles y Dakarai no pudo evitar acercarse a ella para abrazarla. Se sentó a su lado, en la cama, y la apretó con fuerza contra su pecho.
-Tranquila. Kisahj y yo te ayudaremos. Tienes mi palabra, no dejaré que te encuentren...
En aquél momento, un soldado irrumpió repentinamente en la habitación del muchacho.
-¡Señor, tenemos un intruso! ¡Una sacerdotisa del Templo de la Bruma en búsqueda y captura!
Yetmaja profirió un gritito ahogado, y a Dakarai no se le ocurrió otra cosa que arrojarse sobre ella para tumbarla en la cama.
-¿Qué está haciendo, soldado? ¿Esque no sabe llamar a las puertas? -bramó, el druida, con su tono más enfadado. El pequeño rostro de la joven quedaba parcialmente oculto por el musculoso brazo del muchacho; apoyado junto a su cabeza.
-¡Perdón, señor, no sabía que...! -se excusó el soldado.
-¡Lárguese, estoy ocupado!
-¡Sí; Señor! -cerró la puerta de golpe tras de sí, y aún pasaron algunos segundos en que ambos jóvenes permanecieron en silencio, pendientes de los pasos del guardia, que se perdían por el enmoquetado pasillo con prisas. Con el corazón latiéndole a toda velocidad; Yetmaja suspiró y le dedicó una larga mirada al elfo. Él la correspondió con un gesto inquisitivo.
-¿Sabes que fue así como conocí a Kisahj?
El muchacho se ruborizó entonces levemente, cayendo de pronto en la cuenta de que se encontraba recostado sobre el cuerpo de la mujer y se apartó de su lado con diligencia.
-Perdón, yo...- Pero a Yetmaja le hizo gracia, y aún con las lágrimas resbalando por su rostro, echó a reír tímidamente.
-Los caballeros de esta Orden tienen tendencia a derribar doncellas al más mínimo descuido -dijo la muchacha, feliz.
Dakarai se contagió de su pequeña carcajada, y lamentó profundamente haber pensado alguna vez que aquella mujer podía traer problemas a la Orden de caballeros. Pues, ¿qué eran los caballeros sino guerreros que luchaban por el bien?

-"Artículo 2583: La Sagrada Hermandad de la Bruma se reserva el derecho de ajusticiamiento de las sacerdotisas que incurran en la violación de uno o más de los siguientes deberes de obligada integridad moral:"
*Desobediencia a los cargos superiores
*Desacatamiento de los horarios establecidos
*Incumplimiento voluntario de una misión que le haya sido asignada por contrato
*Robo, dentro o fuera del recinto de convivencia de la hermandad
*Conspiración
*Fornicación
*Asesinato... etc, etc.
Kaldezeit cerró el libro de golpe, sin terminar de leer el resto de artículos, y miró a sus amigos con resolución. Dakarai y Klaud lo contemplaban sin saber bien qué decir. Los estatutos de la Hermandad a la que pertenecía Yetmaja estipulaban claramente que la chica sería ejemplarmente castigada por lo que había hecho. En algunos casos, los jurados habían incluso penado de muerte a las sacerdotisas. Ambos muchachos fueron recorridos de arriba a abajo por un escalofrío indescriptible.
El druida lanzó una mirada de soslayo hacia sus espaldas.
Acomodada en su cama, en postura fetal, dormía la joven. Respiraba sosegadamente y se hallaba en un sueño apacible y profundo; en el que se había sumido un par de horas atrás. Parecía realmente exhausta, así que el chico había optado por no despertarla hasta que fuera estrictamente necesario.
-No sé qué pretendes que hagamos. Las normas están muy claras -sentenció Klaud. Dakarai lo miró sin poder creer que su amigo dijese aquello.
-¿Ves a esa mujer de ahí? -la señaló con apuro. -Si la entregamos a su gente la encarcelarán de por vida. ¿Cómo puedes aludir a las normas?
Klaud agachó la mirada, levemente avergonzado. En casos como aquél, no sabía cuál era el bando correcto.
-Esto se nos escapa de las manos -añadió, después. -Nosotros no somos quien para decidir...
-No, sí que somos quien -Dakarai se puso en pie, airado, y hostigó con la mirada a sus dos compañeros. -Somos hombres de honor y cuando fuimos investidos juramos proteger a los desvalidos. Pues por mi honor, que haré cuanto esté en mi mano por proteger a Yetmaja.
El silencio se hizo durante un par de segundos en los que la respiración de Dakarai sonaba tan fuerte, que podían escucharla los otros dos jóvenes. Luego, Kaldezeit dibujó una enorme sonrisa.
-¡Cuenta conmigo, Daka!- el gesto del druida pareció entonces relajarse cuando Klaud suspiró largo y tendido.
-No me puedo creer que ese pícaro haya hecho algo bueno por una vez en su vida. -Aseguró el caballero. -Tendremos que apoyarle.
El rostro de Dakarai se iluminó por segundos, inundado por la emoción de contar con la ayuda de sus mejores amigos. Con ellos de su lado; sabía que sería pan comido, y comenzaba a atisbar una leve esperanza para Yetmaja.
Sin embargo, las horas se sucedieron y las noticias de Kisahj no parecían querer llegar. La búsqueda y los esfuerzos por encontrar a Yetmaja se redoblaron en la Hermandad, así como en la propia Orden, y para cuando cayó la noche, el castillo era un hervidero de guardias que pululaban de aquí para allá.
Los tres amigos decidieron entonces que no podían seguir esperando; debían sacar a la muchacha de allí como fuera.
-De acuerdo; ya sabéis lo que tenéis que hacer -sentenció Klaud, y los otros dos muchachos asintieron. -Espero que esto salga bien o de lo contrario me habré jugado mi puesto de general para nada.
Dakarai sonrió. Estaban arriesgando demasiado.
-Que el honor os guarde -tendió el muchacho su puño, y las manos de sus amigos se posaron sobre él.
-Que el honor os guarde -respondieron Klaud y Kaldezeit al unísono, y acto seguido, salieron del dormitorio a toda prisa. Dakarai y Yetmaja tendrían aproximadamente un par de minutos desde que se produjera la señal para salir de allí, mientras el caballero y el mago entretenían a la guardia.
El chico se acercó hasta la sacerdotisa, que se hallaba sentada en el borde de la cama, visiblemente nerviosa. Había escuchado por completo el plan de los hombres para sacarla de allí, y sabía que harían por ella más de lo que merecía. Dakarai se arrodilló frente a la joven y la miró con dulzura.
-Todo saldrá bien -le aseguró. La chica le dirigió una mirada eternamente agradecida.
-Sois muy buenos conmigo.
-Vamos; tenemos que prepararnos -el druida le guiñó un ojo y se puso en pie para acercarse al enorme ventanal que presidía su habitación. Desde allí, alcanzaba a ver el patio trasero del castillo, donde los guardias realizaban sus entrenamientos diarios. En aquellos momentos, estaba colmado de hombres que patrullaban sin descanso, a la espera de encontrar al intruso antes de que la Hermandad de la Bruma decidiera acusarlos de complicidad y anulara su tratado de alianza para con la Orden. Pero a Dakarai, aquello le importaba un pimiento ya.
De pronto, un inmenso muro de cristal azulado y translúcido recorrió todo el área del patio, raudo como un relámpago, y después se hizo añicos, rompiéndose en mil esquirlas brillantes que salieron disparadas hacia los guardias. El hechizo apenas les hizo daño, si bien fue suficiente para hacerlos creer que eran asediados por los enemigos, y rápidamente entraron en formación de combate.
Klaud apareció de pronto en escena, con el enorme espadón de plata a sus espaldas, para guiar a los guerreros en la batalla.
-¡A mí, soldados! -les ordenó, alzando el puño. -¡Preparáos para la batalla! ¡Formación defensiva! -los guardias se replegaron sobre sí mismos, dejando el patio prácticamente vacío. En el momento en que el caballero activó su escudo azulado, brillando con especial intensidad, Dakarai supo que había llegado su turno.
-Es la señal -dijo a Yetmaja. -Vamos. -Tendió una mano a la muchacha mientras apoyaba la otra en el alféizar de la ventana, ejerciendo una leve presión. De su contacto con la fría piedra, entre pequeños destellos dorados, surgieron unas gruesas zarzas enredaderas, que buscaron mágicamente el camino hacia el exterior del castillo y descendieron hasta la planta baja por la pared de la torre. Yetmaja se abrazó con fuerza a Dakarai y él subió de un salto a la ventana para, segundos después, deslizarse por la artificial escalinata de raíces que había invocado.
Tan pronto como alcanzaron el suelo, Dakarai tomó de la mano a la sacerdotisa, y ambos echaron a correr hacia el muro lateral de la fortaleza, donde la pequeña verja de hierro era todo cuanto les flanqueaba el paso.
Dakarai la derribó sin apenas molestia de una sola patada, y después arrastró consigo a la mujer hasta que ambos se perdieron por el camino en dirección a los bosques, internándose en la negra espesura de la madrugada.

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By Rouge Rogue

Reseñas: Un poco de cohesión en todo esto.

jueves, 10 de junio de 2010

EL PÍCARO DICE: 11

CAPITULO 11

Kisahj rezongó y se dió la vuelta, incómodo, para esconder la cabeza bajo la almohada.
Apenas le importaba que ella estuviera allí, en su cuarto, tan temprano por la mañana. De no ser que parecía dispuesta a no dejarle descansar.
-¿Dónde lo habré dejado? -se preguntó Azura a sí misma, aunque en voz alta, mientras desordenaba los cajones del mueble del dormitorio. Cajones, donde, por supuesto, aparte de un par de mudas de ropa no había más que cachibaches que probablemente el pícaro tenía intención de vender por una buena suma.
Entre tanto desorden; un pequeño sobre blanco enseguida llamó la atención de la muchacha. Lo miró con curiosidad un par de segundos, y después se animó a abrir la carta. Apenas había rozado el papel con las manos, cuando Kisahj ya se había puesto en pie como una exhalación para arrebatárselo, de mal humor.
-¿Qué demonios estás haciendo? -masculló, sin siquiera darse cuenta de que estaba arrugando el sobre. -¿No te han enseñado que hurgar en el correo de los demás es...? ¡Vamos, que si vuelves a meter tu nariz en mis cosas te rebajo el pescuezo!
Azura lo miró; arrepentida.
No había ni un deje de malicia en sus ojos, y no acababa de comprender el motivo por el cual el muchacho se enfadaba con ella.
-Sólo estaba buscando mi collar nuevo... -su gesto lucía tan sumamente sincero, que hasta Kisahj sintió una patada en el corazón por haberle gritado de aquella forma. Finalmente pareció relajarse. No tenía ni zorra idea de lo que estaba hablando la druida, pero con casi total seguridad lograrían entenderse lo bastante como para echarla de allí cuanto antes.
-A ver, ¿de qué collar hablas? ¿Y por qué iba a tener yo tu collar?-dijo, con paciencia infinita. La muchacha se encogió de hombros.
-El collar precioso que me dieron ayer por haber cumplido mi misión derrotando Zurjiñones.
Kisahj rezongó.
Recordaba la noche anterior, hacía apenas unas horas. Azura había irrumpido en el campamento de los Zurhidon mientras ellos se encontraban infiltrados, y por error habían comenzado una disputa que les había costado un combate contra toda la base de los magos enemigos. No contenta con ello, de vuelta a Varanas, la chica recordó súbitamente que se había olvidado en el campamento al rehén que se suponía que debía ir a rescatar, y tuvieron que deshacer lo andado, para finalmente descubrir que el susodicho rehén no era otra cosa que un sapo gigante. La persona que había encargado a Azura adentrarse en un mar de enemigos de la Orden Oscura que planeaba asediar Varanas y arrasar a sus habitantes, resultó ser un crío de 7 años que lo único que quería era recuperar a su mascota. Azura había aceptado a cambio de un vulgar collar de cuentas rojas. Una baratija que Kisahj ni tan siquiera se molestaría en recoger si encontrase tirada en el suelo. Recordando todo aquello, el pícaro sintió que los casi invisibles y suaves pelillos de su columna vertebral se erizaban involuntariamente de indignación.
-No tengo tu collar, ¿para qué mierd...? -la miró a la cara y se mordió la lengua. -¿Para qué iba yo a querer un collar de chica?-adoptó un tono más conciliador y teatral, pero Azura no se percató de que el ladrón estaba fingiendo, y aquellas palabras amables despertaron en ella una enorme sonrisa.
-Dakarai dijo que probablemente lo tenías tú.
-¿Así que eso dijo? -Kisahj puso los brazos en jarra.
-Sí...¿cómo era? Ah, dijo textualmente que eras un ladrón y una rata asquerosa, que probablemente me lo habías robado solamente por fastidiar. Y que me lo devuelvas; gilipoyas.
Alguna vena se hinchó considerablemente en la sien del muchacho, mientras la elfa continuaba sonriendo como si nada. En cuanto pudiera, mataría a Dakarai.
-Dime; Azura...- Kisahj se mesó la perilla algunos segundos. -Ese collar tuyo... ¿tenía unas bolitas rosadas y pequeñitas...más o menos asi? -hizo un gesto con los dedos para aproximar el tamaño que quería indicar.
-¡Sí, tal como dices!
-¿Con unas diminutas mariposas pintadas en las perlas?
-¡Exacto!
-El collar que buscas, ¿no es ese que llevas puesto ahora mismo? -el pícaro señaló el pronunciado escote de la chiquilla y ella siguió la dirección de su dedo hasta concluir que lo que decía el joven era cierto.
-¡Andá! ¡Pues es verdad!
Kisahj se llevó la mano al cinturón para extraer lentamente su daga envenenada. Pero recordó de pronto que estaba en calzoncillos y se maldijo por no llevarla encima.
-Bueno, entonces nada. ¡Gracias por ayudarme a encontrarlo! -dijo resueltamente la chica, y salió a paso ligero de allí, tarareando alguna divertida cancioncilla y sin percatarse de que el muchacho la miraba con los ojos entrecerrados, regodeándose mentalmente al imaginar decenas de formas distintas para torturarla.

-Gracias por vuestro impecable trabajo, habéis sido muy útiles a la Guardia Real -Teresa extendió el pequeño pergamino a Dakarai, y el muchacho lo aceptó con una sonrisa de complacencia.
-No fue para tanto...
-Fue muy precipitado, hicisteis un gran trabajo. Deja de ser modesto -aquello sonó más a una orden que a un cumplido, y el druida recompuso el gesto, al tiempo que aceptaba también la cuantiosa suma de oro que la mujer le entregaba. -Me pondré en contacto con Lady Silvermoon y le hablaré de esto. Puede que en un futuro volvamos a trabajar juntos.
-Claro...
En aquel momento Kisahj apareció por la pequeña escalera de madera de la posada, cargando en sus hombros el pequeño saco con sus pertenencias y los cachibaches que, para asombro de su mejor amigo, el pícaro había tenido ocasión de reunir la noche anterior en una ronda nocturna por la ciudad. Por supuesto, el druida no quiso indagar demasiado acerca de la procedencia de aquellos objetos. Estaba totalmente convencido de que si supiera bien a qué se dedicaba el ladrón, sería incapaz de dirigirle la palabra.
El muchacho pasó junto a ellos casi trotando para hacer ruido, y los metálicos tesoros resonaron con alboroto dentro del macuto.
-¡Hora de irnos! -dijo el pícaro, sin más.
-Eh...Kisahj- lo llamó Dakarai.- Tengo que decirte al...- pero el muchacho ya había abandonado la posada, y caminaba resueltamente hacia su caballo para comenzar los preparativos para el viaje de regreso. Se aseguró de que su corcel estaba bien ensillado y las bridas correctamente aseguradas, y después lanzó a lomos del palafrén su mercancía, y la ató con cuerdas al cuerpo del animal.
-Había un elfo en el solar... -cantaba, distraído. En aquél instante, otro saco bien distinto al suyo cayó sobre el caballo, lanzado desde el otro flanco del equino. Kisahj alzó una ceja.
Se asomó distraídamente por encima del lomo de la bestia y dibujó un mohín malicioso cuando descubrió que Azura trataba, sin demasiado acierto, de colocar su equipaje sobre la misma. Pero una y otra vez se le caía al suelo.
La chica chistó, molesta, y volvió a lanzarlo de nuevo.
-Em...- Kisahj se rascó la cabeza, y lanzó una mirada en derredor antes de hablar. -Azura, ¿qué estás haciendo?- inquirió.
Ella cesó en su empeño por unos segundos, y con los brazos en jarra, repuso:
-Pues empacando mis cosas -dibujó una alegre sonrisa, de aquellas que dejaban ver todos sus perfectos y diminutos dientes blancos.
-Éste es mi caballo...- rezongó el pícaro, cruzando los brazos sobre el costado del animal y dejando caer su mejilla entre ellos. La miraba con el cansancio de una madre joven al cargo de demasiados niños. Pero también, con interés.
-Ya lo sé -dijo ella, sin más.- Dakarai dijo que podía montar con cualquiera de los dos... Pero si te molesta -añadió rápidamente, ruborizada.
-Espera; espera. ¿De qué estás hablando?
-Vendrá con nosotros -Dakarai interrumpió la conversación de los jóvenes. Había salido de la posada y apareció de improvisto a espaldas del pícaro, con las manos metidas en los bolsillos, y una actitud sumisa pero tajante. Aquella forma pasiva que Dakarai tenía de decir las cosas. Aquella manera, que no admitía réplica pero que a la vez estaba cargada de disculpas silenciosas. Y Kisahj supo que no debía oponerse.
Resopló largamente, y en vistas de que no había nada que decir, montó en su caballo y tendió una mano a Azura.
-Vamos -le dijo, con una media sonrisa.
La muchacha, tan hermosa como era, sonrió también.

-¡Ay, estás corriendo demasiado!-Azura se aferró con fuerza a la cintura del pelirrojo muchacho, y él volvió a espolear maliciosamente el caballo. Porque cuanto más corría el palafrén, mejor podía sentir las sensuales curvas del cuerpo de la joven contra su espalda. A aquellas alturas del viaje, la chica iba tan apretada contra él, que le dolían los brazos de hacer fuerza para evitar caerse. Y Kisahj solamente sonreía, ajeno a las reprobaciones de Dakarai.
Caía ya la noche cuando el viento les trajo las notas de los cuernos de la Orden, que se alzaban gloriosamente a los cielos para avisar de la llegada de los caballeros. El portón se abrió pesadamente, tirado de gruesas cadenas, y los chicos se adentraron a través del puente en el inmenso castillo donde, apenas minutos después, los pajes y sirvientes acudieron a retirarles el equipaje.
Dakarai ayudó a Azura a desmontar del animal.
A la chica le temblaban las piernas por el viaje, y cuando el druida ya comenzaba a reprocharle al pícaro su actitud, ella sólamente alegó:
-No importa. De todos modos, ha sido divertido.
-¡La princesa Silvermoon! -avisó uno de los guardias de la llegada de la dama al patio, y todos se cuadraron inmediatamente para recibirla. Kisahj, sin embargo, aún permanecía a lomos de su montura.
La doncella atravesó el trecho que los separaba con porte sereno y elegante, y al llegar hasta los jóvenes, Dakarai se inclinó en una profunda reverencia. Azura no supo bien cómo reaccionar, hasta que su amigo tiró de ella para obligarla a arrodillarse también. Silver sonrió. No así cuando su mirada se posó en el pícaro, quien bostezaba perezosamente, aunque en silencio.
-Sir Dakarai; por favor, ponedme al tanto del resultado de vuestra misión.
-Si; mi lady -el chico se puso en pie, y se dispuso a entregar el pergamino que les había concedido Teresa. La dama élfica lo desenrolló lentamente, y leyó su contenido con un brillo de satisfacción en la mirada.
-Os felicito; caballeros -dijo entonces. -Estaréis muy cansados después de estar todo el día en los caminos. Pasad; la cena se servirá pronto en el comedor. -La mujer se dio la vuelta con indiferencia, invitando a los druidas a seguirla pero obviando al ladrón, y si bien él no lo pasó por alto, no estaba entre sus principales quehaceres el llenar el estómago esa noche.
-Con mis más sentidas disculpas -dijo el chico, alzando la voz para que la princesa pudiera oírlo, aunque ella no se giró para mirarlo- esta noche no podré disfrutar de vuestra compañía. Tengo asuntos pendientes. Mi lady...- inclinó levemente la cabeza a modo de despedida, y dando la vuelta con su caballo, salió al galope del castillo, perdiéndose en la espesura de la noche. Silver aún tardó unos segundos en recomponerse, pero nadie que la hubiese visto esa noche podría haber adivinado jamás que el pícaro le importaba lo más mínimo.

Llovía a raudales.
La tormenta se descargaba con furia sobre todo Aslan, y en el castillo, las noches eran sobrecogedoras cuando la lluvia golpeaba los inmensos ventanales. Dakarai entrecerró los ojos, tratando de avistar un claro en el cielo; pero aquella noche no había luna, ni estrellas. Aquella noche se ahogaba en su propia oscuridad.
Llamaron tímidamente a la puerta; con unos golpes tan frágiles, que de no ser por su agudo oído de elfo no habría podido siquiera escucharlos. En otras circunstncias, no mucho tiempo atrás, cuando aún era un cazarecompensas libre, el más mínimo atisbo de movimiento a aquellas horas lo habría hecho recelar. Pero en la Orden las cosas eran distintas.
La Orden era ahora su hogar; y allí no había nada que temer.
Azura asomó tímidamente la azulada cabecilla por el pequeño resquicio de la puerta abierta, temiendo haber despertado al elfo. Pero él estaba en pie, junto a la ventana, y le dedicaba una sonrisa campechana.
La muchacha llevaba puesta una larga camisa blanca; sin duda una prenda de hombre que le quedaba tan grande que bien le servía de camisón. Dakarai la reconoció enseguida, pues él mismo se la había dado para que la joven tuviera algo cómodo con lo que dormir. Hasta donde él sabía, los viajeros acostumbraban a dormir a la interperie con sus armaduras equipadas, o bien completamente desnudos si se alojaban en posadas. Un viajero no tenía espacio en su equipaje para delicadezas como prendas nocturnas; y por eso llevar un camisón era algo del todo innecesario para ella. No obstante, las cosas en la Orden eran distintas, y ni la armadura ni la desnudez de la chica eran lo más apropiado.
-¿Ya te vas a dormir?- preguntó él, tan sólo. Azura asintió, con una leve nota de rubor encendiendo sus mejillas.
-Este lugar es enorme, y me ha costado encontrar los baños. Ahora que volvía a mi cuarto aprovechaba para darte las buenas noches.
Dakarai suspiró con una sonrisa.
-Que descanses.
-Dakarai...-la chica se removió, algo inquieta. El elfo la miró con gesto inquisitivo.- Me da vergüenza admitirlo pero... soy un poquito torpe a veces. ¿Crees que lo haré bien en los entrenamientos de mañana? Me gusta mucho este lugar. Quiero quedarme con vosotros.
El chico se rascó la cabeza un instante.
Se acercó hasta ella caminando despacio y se detuvo cuando apenas los distanciaban unos pasos para mirarla un par de segundos en silencio. Con un sincero gesto de complicidad que transmitía sus mejores deseos hacia la chica, pusos sus manos en los hombros de ella y dijo:
-Lo harás estupendamente. Sé que lo conseguirás.
El tiempo pareció detenerse entonces por un instante.
Azura lo contempló con los ojos vidriosos, y luego simplemente rompió a gritar.
-¡Kyaaaaaaaaaaaaa, PERVERTIDO! ¡NO ME TOQUES! -y le propinó un golpe tan contundente, que Dakarai perdió la noción de lo que estaba ocurriendo, y para cuando consiguió recomponerse, estaba tumbado bocabajo en el suelo y ella se había marchado corriendo de su habitación.

Kisahj apareció en el camino, como surgido de repente de las sombras, escupido por la oscuridad nocturna, bajo aquella cortina de flechas plateadas que era la lluvia. El viento tempestuoso azotaba sus cabellos y su negra capa, y aunque lo empujaba con fuerza, el muchacho no prestaba la más mínima atención a las inclemencias del tiempo. Tenía una cita importante.
Al final del sendero, alumbrada por un pequeño candil titilante, se hallaba la figura encapuchada, que lo aguardaba en silencio y con paciencia, sin moverse del lugar.
Kisahj llegó hasta ella resoplando, y sin mediar palabra extrajo del interior de sus ropajes un sobre ya arrugado (de hecho, lo había arrugado él mismo aquella mañana). Su acompañante lo aceptó con cariño; podría decirse que casi con devoción, y tras mantenerlo entre sus propias manos unos segundos, la mujer se echó a temblar, emocionada, y se abrazó al ladrón.
-Creí que este momento no llegaría nunca -dijo ella, con la voz quebrada, hundiendo su rostro en el pecho del pícaro. Él alzó la vista a los cielos y dejó que el agua discurriera sin reservas por su frente, sus mejillas; su mentón. Suspiró largamente.
Había trabajado muy duro en los últimos meses para obtener aquella información, pero ahora que Yetmaja estaba entre sus brazos sentía que su esfuerzo había valido con creces la pena.
La sacerdotisa aún sollozó en silencio un par de minutos, en los que él se limitó a abrazarla con quietud. Cuando al fin se sintió capaz de hablar sin que las lágrimas la interrumpieran, la chica alzó el rostro para mirarlo, profundamente agradecida.
Pero también enormemente angustiada.
-Las cosas se han complicado; Kisahj -la joven enjugó rápidamente sus lágrimas para que él no la viese llorar, si bien aquél gesto carecía de sentido, pues el aguacero había camuflado su llanto todo el tiempo.
-¿Qué quieres decir? -inquirió él, con el corazón en vilo.
-Creo que sospechan algo.
-¿Quien?
Yetmaja tardó algunos segundos en responder. Fruncía el ceño, aterrorizada ante la propia idea de que sus sospechas fuesen ciertas.
-Una de las hermanas del templo. Ha insinuado conocer algo acerca de nuestros encuentros. ¡Dios mio, Kisahj, no se que voy a hacer!
-Tranquilízate -le ordenó el pícaro, con aquél control de la situación que ella necesitaba sentir que alguien tenía. Porque desde luego, la sacerdotisa no podia dejar de temblar.
-Si me descubren me expulsarán y lo sabes.
-Lo sé; pero no tienes por qué preocuparte. Te dije que me encargaría de todo. Quitaré de enmedio a todo aquél que se interponga en tu camino; Yet.
-Estás loco -la chica negó fervientemente.- No puedes hacer eso. No quiero que lo hagas.
Kisahj sonrió.
Pero era una sonrisa muy triste.
-Aún tenemos algo de tiempo, Yet. Quizás sólo sean imaginaciones tuyas y esa compañera de la que hablas no sepa nada en realidad. Lo prepararé todo para mañana mismo. Moveré cielo y tierra si hace falta. Tú sólo confía en mí.
Yetmaja asintió; con una única lágrima recorriendo su rostro, emborronada por el agua de la tormenta.
Pero para aquellos entonces, Kisahj ya se había perdido de vuelta por el sendero oscuro.

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By Rouge Rogue

Reseñas: Si ya mencioné en el cap 1 que la aparición de la princesa fue el momento decisivo en que la aventura de Kisahj comenzaba, ahora las cosas toman su cauce con Yetmaja.
En la realidad... Ojalas las cosas hubieran ocurrido asi.

jueves, 3 de junio de 2010

EL PÍCARO DICE: 10

Capítulo 10

-Algún día; Gaia nos recompensará por esto. No sé por qué, pero algo me lo dice... una corazonada.
-Ya pues -Kisahj dio un coscorrón como quien no quiere la cosa a Yuri, que permanecía atado de manos y pies e iba cargado en la parte trasera del caballo del pícaro. Le habían cubierto la cabeza con un saco para que nadie pudiera reconocerlo - espero que la recompensa de Gaia sea sustanciosa y compense las ganas de rebajar gaznates que me ha dejado este imbécil.
Yuri blasfemó por lo bajo, sin que se le llegase a entender gran cosa debido a la tela que le tapaba la cara.
-No sé, Kisahj. Yo también lo hubiera ajusticiado sin pensarlo, pero... he sentido algo...Los designios de Gaia son claros. Ahora puedo verlos.
-Yaaaaa, ya -el pelirrojo elfo se rascó la cabeza, desinteresadamente.
Abordaban los caminos en dirección a la gran ciudad de Varanas, donde habrían de cobrar la recompensa de la misión para la Orden. Este era el modo en que las casas de caballería se ganaban el reconocimiento del pueblo; colaborando con los problemas de las gentes y haciendo bienes por ellos. A menudo, las recompensas incluían sustanciosas sumas que permitían nuevas adquisiciones a los caballeros, como sillas de montar o armas, pero por lo general, las misiones de bajo nivel como aquella sólo tenía como interés para la Orden ganarse el favor del populacho. Todo cuanto obtendrían por entregar al ladrón sería un certificado que justificaría a la princesa que Kisahj y Dakarai habían cumplido su trabajo.
-Oye Kisahj; me estaba preguntando...- el druida rompió la silenciosa paz que se había hecho entre ambos durante aquellos segundos, y el pícaro le lanzó una mirada cansada e interrogante. -¿Qué te traes ahora entre manos con aquella mujer...?
-¿Mujer? ¿Cuál de todas?- el ladrón sonrió, fingiendo no entender el comentario de su amigo, si bien era cierto que aquella pregunta tenía bastante sentido.
-Sabes de sobra cuál. La de esta mañana.
-Esta mañana he estado con unas cuantas.
-¡Deja de fingir que no sabes de lo que hablo, maldito idiota!- Dakarai arrugó el morro, fastidiado, y cuando Kisahj rompió a reir en carcajadas, decidió que era mejor autocontrolarse. Sacarlo de sus casillas era lo que su amigo pretendía.
-Bueno, ¿lo sabe Silver?
-¿Qué es lo que tiene que saber?
-Que, nuevamente, estás poniendo en juego la reputación de nuestra Orden de caballeros viéndote a escondidas con una chica de una afamada casa de Sacerdotisas.
-No creo que mis asuntos incumban a la Orden.
-Ya lo creo que sí -Dakarai rumió sus palabras antes de escupirlas. -Cuando se destape este escándalo, porque ocurrirá, buscarán al culpable de robar el honor de una de las virginales y castas sacerdotisas de la bruma. Esa gente se pasa la vida encerrada en templos rezando; sé lo que me digo. Para ellos su religión es lo más importante, y no la perdonarán bajo ningún pretexto. Ni siquiera aunque alegase violación. -El pícaro rió como respuesta a los comentarios de su amigo, que empezaban a desvariar sutilmente sin necesidad de que él interviniese en la conversación.
-Y más aún, cuando descubran que ese culpable es un caballero de nuestra Orden las cosas se van a poner bien feas. Tenemos una alianza con el Templo de la Bruma. Nadie con dos dedos de frente se la jugaría por una aventura de tres al cuarto... Si yo fuera Silver te habría puesto en la calle hace mucho -el druida lo achuchilló con la mirada, haciéndose eco de sus propias palabras, pero Kisahj se limitó a encogerse de hombros.
-Pero no eres Silver. Ella no haría nunca algo así.
-Confías demasiado en tus encantos, me parece a mí...
-Pues tú también deberías empezar a confiar. En mis encantos, digo. A la vista está que me las apaño. Y por Yetmaja ni te preocupes, en unos días todo habrá acabado.
-¿Cómo dices...? -Dakarai no acababa de entender a qué podía referirse su amigo. De todos modos, no llegó a saberlo, porque Kisahj espoleó vivamente su caballo y se perdió entre el gentío, por el enorme puente de la entrada principal de Varanas. El druida suspiró, agotado.
Ser amigo de Kisahj lo haría envejecer prematuramente.

La mujer acudió presto a recibirles.
Ninguno de los dos había esperado que al mando de los guardias de aquella ciudad, se encontrase una muchacha tan joven, y además tan atractiva. Su nombre, había dicho; era Teresa.
No había vacilado un segundo en comprobar que, efectivamente, era Yuri el bandido que tenía ante ella, y para cuando comenzaron los interrogatorios al ladrón, Kisahj y Dakarai se hubieron ya marchado de los dominios de la dama, y comenzaban a ensillar de nuevo los caballos para partir de vuelta. Como habían esperado, Teresa les facilitó el pequeño papiro que notificaba la captura del sibilino bandido, expedido directamente de su puño y letra. La carta blanca de los muchachos para empezar a ganar puestos en la Orden.
Dakarai se llevó las manos al pequeño morral que pendia de su costado izquierdo para guardar la recompensa de aquella misión, cuando se dio cuenta de algo.
-Mierda...- se quejó entonces.
-¿Qué?
-He perdido una bolsa de ingredientes. Debe haberse caído durante la pelea en el campamento de los bandidos.
-¿Quieres que volvamos a buscarla...?
-No, da igual -suspiró, buscando en derredor con la mirada hasta fijar la vista en un pequeño establecimiento, a unas decenas de metros. -Compraré las cosas en aquella tienda de la esquina; espérame aquí -le pidió el druida. Kisahj resopló.
Aguardó pacientemente cruzado de brazos y con la espalda apoyada contra el lomo de su caballo, y cuando perdió la cuenta de los minutos transcurridos, Teresa salió nuevamente de la tienda de los generales como una exhalación.
-¡Caballero! -lo llamó, a toda prisa. El ladrón se giró hacia ella; interrogante y servicial. -¡Tenemos un problema!

-Y yo que quería haberme ido a casa esta noche...- Dakarai se quejaba en voz baja, oculto tras las rocas. Parecía que la diosa fortuna no estaba de su parte aquél día.
-Deja de parlar; ha sido una suerte que aún estuviéramos por allí. De lo contrario podían haberle dado esta misión a otro cualquiera.
-¿Suerte, dices? Ves las cosas desde una perspectiva extraña.
-Ésta misión no nos la ha encargado la Orden, y por lo tanto, la recompensa irá directamente a nuestros bolsillos -Kisahj se frotó las manos con codicia; y el druida chistó.
-Vale, pues dime de una puñetera vez en qué consiste la dichosa misión; que me has traído a rastras sin darme una explicación siquiera.
-Ah, es cierto.
Lo era.
Apenas Dakarai había regresado de conseguir sus nuevos ingredientes en la tienda, cuando Kisahj lo había obligado a montar en su caballo y salir al galope a toda velocidad de allí. Sin entender del todo el motivo, ahora el druida estaba junto a su amigo, recluido tras una inmensa montaña y planeando algo que ni siquiera sabia qué era.
-Por lo que se ve, el tal Yuri no era trigo limpio...-comentó Kisahj, sin más.
-Menuda novedad. ¿Vas a decirme algo que no sepa?
-Hasta ahora creíamos que se trataba del simple cabecilla de una banda de salteadores de caminos. Sin embargo era bastante más que eso. Se trataba de un contacto camuflado entre dos bandos; uno de ellos es la Orden de Zurhidon.
-¡¿Cómo dices?! ¿Zurhidon?
-¿Te suena? -Kisahj arrugó el gesto, incrédulo.
-¡Por supuesto que me suena! ¡No es la primera vez que Fuenteplateada se ve asolada por su organización!. Es una especie de Orden terrorista que se mueve desde las sombras.
-Je. Pues el otro bando al que Yuri servía como mensajero es, ni más ni menos, que la Orden Blanca de Varanas.
-¿Cómo es posible? -Dakarai contuvo el aliento; sin duda bastante más consciente de lo que aquello significaba que el pícaro, quien a fin de cuentas, sólo estaba allí por la suculenta recompensa en monedas de oro.
-Los Zurhidon se han servido de la pequeña banda de tres al cuarto de Yuri para crear alboroto. Las Guardia Real de Varanas debía interceder en los altercados y era entonces cuando enviaban a los miembros de la Orden Blanca al campamento bandido. De este modo, Yuri y su contacto de la Orden Blanca intercambiaban información cifrada sin levantar demasiadas sospechas. Lo que los Zurhidon no esperaban era que la Guardia Real de Varanas sospechara de alguno de los miembros de la Orden Blanca y decidieran enviar a la Orden de Septentrion esta vez.
-Claro... todo cobra sentido.
-Así pues, recabaremos los datos que nos sea posible acerca del campamento de Zurhidon de este área para ayudar a organizar un ataque de la Guardia Real mañana mismo a primera hora -Kisahj volvió a sonreír, pletórico. Seguramente, imaginándose gastando el dinero de la recompensa en bebida y mujeres.
Dakarai se mordió la lengua, y asintió.

Cuando se asomaron al otro lado del escarpado montículo; divisaron el pequeño campamento.
Estaba compuesto por una decena de tiendas, y los hombres pululaban de aquí a allá con la tranquilidad de quien no puede imaginar un ataque inminente.
Lo cierto era que el campamento estaba bastante bien escondido.
Nadie que pasara por allí de casualidad habría sabido localizarlo, si no supiera exactamente dónde debía mirar; pues el enclave rocoso les procuraba una privacidad envidiable.
-¿Son esos...? -Dakarai hundió un poco más la barbilla en el suelo. Se encontraban en la parte más alta de la roca, tumbados para espiar al enemigo desde las alturas.
-Genial...-musitó Kisahj.
-Diría que hay, aproximadamente, una veintena de hombres.
-Podríamos con ellos de sobra, pero...
-Pero mejor no intentarlo, por si acaso -concluyó Dakarai, en lugar de su amigo.
-Tenemos que recabar la máxima información posible; no nos serviría de nada alertarlos, podrían hacer cualquier estupidez. Destruir documentos comprometedores; teletrasportarse a otro lugar... suicidarse.Vete a saber.
-¿Pues qué sugieres?
-Está claro que tenemos que infiltrarnos entre ellos, y está claro también que eres demasiado patoso para aventurarnos a entrar confiando en tu sigilo.
-¿No pensarás dejarme atrás? -Dakarai acuchilló con los ojos a su mejor amigo. Kisahj mesó su perilla un par de segundos.
-Se me ocurre otra cosa...

-Dime la verad; a tí te ha dado hoy por jugar a los disfraces -Dakarai masculló por lo bajo, y su voz natural sonó más apagada debido a la capucha y la máscara que le cubrían el rostro.
El inmenso manto perlado que era el cielo se alzaba sobre Fuenteplateada tan oscuro como la misma noche. Kisahj había aprovechado las sombras a su favor.
Trabajar en la oscuridad era mucho más sencillo para alguien como él, que se valía de su tenacidad y sigilo para deshacerse de sus enemigos.
Sin demasiados esfuerzos, consiguió mermar a un par de hombres para obtener los uniformes de la Orden, si bien se lamentaba de haber tenido que gastar un frasco de veneno para eliminarlos sutilmente, pues las manchas de sangre en la ropa habría podido alertar al resto.
-Deja de quejarte o vuelve a la montaña -chistó el joven pelirrojo, también oculto tras aquella oscura máscara que sólo dejaba ver sus hermosos ojos del color del fuego.
-Ni de coña. Mira; ésa parece la tienda del general al mando -señaló con la cabeza el emplazamiento más grande de todo el campamento, y Kisahj estuvo de acuerdo con la observación de su amigo.
-Voy a entrar- dijo; sin más.
-Vigilaré desde aquí -Dakarai se sentó sobre una pequeña roca cercana y extrajo de entre sus ropajes un cuaderno de viaje forrado en piel, y fingió ponerse a leer tranquilamente. Se trataba de la libreta en la que apuntaba las misiones que llevaban al día Kisahj y él, cuando aún eran cazarecompensas libres. Por un momento, algo parecido a la emoción lo turbó. Se estaba acomodando a la vida del caballero; y había empezado a olvidar la incertidumbre de la vida salvaje; cuando no sabían con certeza si al día siguiente tendrían un sitio donde comer o dormir.
Echó una mirada perdida hacia la tienda a la cual se había dirigido Kisahj.
Su amigo, por el contrario, no se había adaptado nada bien a la forma de vida que llevaba ahora. Supuso que Kisahj añoraba en cierta medida ese pasado que el propio Dakarai se estaba esforzando por borrar, y se sintió terriblemente culpable.
La pequeña cabeza del ladrón volvió a emerger de entre las telas de la tienda. Echó un vistazo a su alrededor antes de decidirse a salir; tan sutilmente que ninguno de los hombres que patrullaban aquella zona se percató siquiera de su presencia. Kisahj merodeó algunos minutos más por el campamento para no levantar sospechas, y finalmente volvió al enclave donde lo esperaba Dakarai.
-Hora de irnos -dijo el pícaro; sin más, y el druida se puso en pie.
La brisa de la noche les trajo el sonido repentino de las hojas de la arboleda al agitarse, descontentas, y desde la copa del roble más cercano, un enemigo se lanzó sobre ellos, con presteza.
La realidad fue más bien que cayó sobre Kisahj torpemente por casualidad; y Dakarai se apartó a tiempo con los ojos como platos.
El pícaro masculló torpemente, tumbado en el suelo bocarriba con su rival encima, e hizo algunos aspavientos con las manos para librarse de él. Cuando abrió los ojos, descubrió que no era únicamente la máscara que llevaba la que dificultaba su respiración. También los generosos senos de la muchacha que habían caído justo en su cara.
-¡Kyaaaaaaaa! ¡Los Zurjiñones me atacan! ¡Kukiiiiii!-gritó ella, histérica. Dakarai se apresuró a taparle la boca para que no alertara al resto del campamento, pero ya era demasiado tarde.
Kisahj se incorporó de nuevo, al tiempo que Raíces aparecía de la nada.Pero esta vez no venía a ayudarle.
Se lanzó sobre él como una bestia sedienta de sangre dispuesta a devorarlo.
-¡Raíces! ¿Qué demonios estás haciendo? ¡Para de una vez! -el espíritu lanzó un poderoso golpe contra el ladrón, y él apenas tuvo tiempo de esquivarlo,por cuanto no podía comprender que su fiel amigo se volviera de repente en su contra. El puño del ente de los bosques lo alcanzó de lleno en el costado y el muchacho salió disparado un par de metros.
-¡Kisahj! - gritó Dakarai, mientras trataba que la muchacha no escapara; pero ella le propinó un mordisco tan fuerte en la mano con la que le cubría la boca que el druida no pudo sino soltarla entre improperios.
Para aquellos momentos, el campamento entero se había acercado hasta ellos.
-¡Una intrusa! ¡Destruidla! -gritaban los magos-Dakarai chistó. Lanzó una mirada perdida a su compañero, que volvía a ponerse en pie justo cuando Raíces se echaba sobre él para atacarlo de nuevo. Pero, en aquél preciso momento; otro espíritu de roble apareció en sus naríces para contener al que pretendía atacar a Kisahj.
-¿Dos Raíces? -el pícaro no daba crédito a lo que veían sus ojos.
A su alrededor; todo era un caos.
Los espíritus luchaban ferozmente entre sí, produciendo roncos bramidos; como el del tronco de un árbol al partirse por la mitad,alcanzado por un rayo. Poco más allá; los Zurhidones acorralaban a la muchacha desconocida; y entre ellos, Dakarai continuaba fingiendo. Kisahj lo supo enseguida. Era hora de marcharse de allí.
Se acercó cautelosamente al druida, mientras a pocos metros se desataba una dura contienda entre la joven y los hombres más cercanos. El pícaro llamó la atención de su amigo.
-Nos marchamos -dijo simplemente, y echó a correr hacia las lindes montañosas, más allá de la arboleda que limitaba el campamento. Pero Dakarai no se movió del sitio, y Kisahj tuvo que deshacer sus pasos.
-¿Qué haces? ¿Quieres mover el culo de una vez?
-Ve tú; yo me quedo -con un rápido gesto, el chico se deshizo de la incómoda túnica que tanto estorbaba sus movimientos y extrajo su enorme martillo del cinturón. Aprovechó los momentos en que los miembros de la Orden de Zurhidon aún estaban distraídos con la muchacha para atacarlos por la espalda.
De un único golpe se deshizo de tres de ellos; dos de llos cuales no tuvieron tiempo ni de gritar por el dolor del ataque; ya que murieron en el acto. La muchacha cayó de rodillas en el suelo; rodeada por todos sus enemigos, Dakarai no dudó en lanzarse en su ayuda, pese a que los hombres ya habían empezado a atacarle a él también.
Kisahj chistó en sus adentros y se arrancó también las ropas.
Dakarai y su inalterable sentido de la justicia y el deber acabarían por matarlo prematuramente.

-Auch...- se quejó Kisahj. Era el tercer hechizo de curación que la muchacha desconocida lanzaba sobre él, y en lugar de la reconfortante mejoría a la que estaba acostumbrado cuando lo hacía Dakarai, lo habían sacudido tres pequeñas descargas eléctricas, que no hacían sino empeorar su mal humor.
-Ay, perdona. Ahora me saldrá bien -la joven se concentró un instante para acumular la energía en sus manos, y cuando creyó que el conjuro estaba listo, dirigió el gesto hacia el ladronzuelo.
-¡Agh! -gritó él nuevamente, y la miró de soslayo, entrecerrando los ojos con aire acusador.
-¡Perodón, perdón! ¡Esque estoy muy nerviosa! ¡Ahora lo haré mejor!
Dakarai puso una mano sobre el hombro de la muchacha, con gesto amable, y sonrió. En apenas un movimiento pudo curar perfectamente las heridas de Kisahj, sin esfuerzo alguno. Ella se entristeció enormemente.
-No te preocupes; ya mejorarás -la animó el druida, y en una fracción de segundo el rostro de la chica se había iluminado de felicidad. Tanto, que el elfo albino casi se sintió incómodo.
Era una chica preciosa.
Probablemente; la mujer más hermosa que habían visto en sus vidas.
Tenía el cabello del color de las ondas del mar; y sus ojos, cargados de pestañas, eran tan claros que parecían espejos. Sus labios; su pálida piel y sus sinuosas curvas. Todo era perfecto en ella. Y ninguno de los dos lo había pasado por alto.
-Mi nombre es Dakarai -el chico tendió su mano amistosamente para que ella la estrechara.Y lo hizo, quizás con más entusiasmo de lo que el elfo había esperado.
-¡Yo soy Azüra!-sonrió la aprendiz de druida -¡Y éste es Kuki! -señaló a su lado. Los dos amigos dirigieron la vista hacia el enorme espíritu de roble que pululaba por los alrededores, aparentemente ajeno a la conversación de los tres aventureros. Kisahj clavó sus ojos en él; pensativo. Después miró a Raíces.
Ignoraba que existiesen más de aquella especie.
Pensándolo bien; ni siquiera sabía de dónde había salido su amigo y no se había cuestionado el motivo por el cuál lo seguía allá donde fuera. Kuki parecía visiblemente más pequeño que Raíces.
El pícaro se preguntó si aquello tenía algún significado en especial.
-¿Tú también tienes un Kuki? -inquirió Azura entonces, observando con curiosidad al espectro, junto a Kisahj. Él bufó.
-En realidad; Kisahj lo llama Raíces -intervino Dakarai, en espera de apaciguar los ánimos de su amigo. Parecía ciertamente receloso con la chica por el incidente que casi les costaba la vida, minutos antes.
-Raíces es un nombre muy cursi -Azura sacó la lengua al ladrón, y sin cambiar un ápice su expresión, Kisahj ya iba desenfundando su daga venenosa cuando Dakarai lo obligó a guardarla de nuevo por la fuerza.
-Raíces es un gran nombre -lo tranquilizó el druida, como si fuera un niño pequeño.
-¿De dónde lo has sacado? -Kisahj habló entonces, con voz monocorde. Señaló al espíritu guardian de Azura, y ella se encogió de hombros.
-Lo invoqué yo misma.
-¿Cómo?
-Soy druida; ¿no? -resolvió ella, como si fuera lo más obvio del mundo.
-Pues hasta donde yo sé, esta cosa me ha estado siguiendo durante años y yo no soy druida -el chico frunció el ceño, extrañado, pero a Azura no le parecía nada del otro mundo.
-Azura; ¿dónde has aprendido a invocar a estas criaturas? -Dakarai comenzó a interesarse por ella de un modo más profundo de lo que había considerado en un inicio. Se moría de ganas de saber cómo la muchacha había logrado aquello.
-La magia de los druidas guardianes es así.
El elfo albino abrió la boca en forma de O.
Empezaba a comprenderlo todo.
Kisahj, sin embargo, alzó una ceja en señal de disconformidad, y su amigo se dispuso a explicarse mejor.
-Los druidas para completar nuestra formación debemos estudiar tres ramas básicas de los hechizos; que son curación, ataque e invocación. En cierto momento de nuestro aprendizaje, los conjuros llegan a requerir tanta energía y concentración para aprenderlos que el estudiante debe elegir al menos una rama que desechar y continuar estudiando las otras dos.
-¿Y qué con todo eso? -Kisahj lo miraba como si Dakarai estuviera perdiendo la chabeta; no se enteraba de nada en absoluto.
-Yo renuncié a la invocación...- el elfo se rascó la cabeza, levemente azorado. -Así que no sabía que Raíces era un espíritu llamado por la magia arcana druida.
-Pues -Kisahj se sintió como si estuviera en mitad de una encruzijada. Por un momento,todo cuanto deseó fue volver a casa. Pero luego recordó que no tenía casa a la que ir -peor me lo pones. Tenía la esperanza de que dijeras que lo habías invocado tú -señaló a su mejor amigo con aire acusador, pero dejando entrever un atisbo de broma.
-No es necesario -intervino Azura entonces. -Cualquier druida que haya estudiado la invocación, es decir los llamados druidas guardianes, pudo hacerlo.
-¿Y me sigue a mí? No tiene mucho sentido.
-Bueno; quizás esa persona deseaba que su espíritu te protegiera.
Kisahj sintió que algo lo golpeaba desde dentro.
Algo oscuro, y profundo; algo tan enterrado entre sus entrañas que creyó que le arrancaría el alma. La boca se le secó y el corazón se le aceleró hasta ser audible para los druidas, que se miraron extrañados entre sí.
-Kisahj, ¿crees que a Raíces lo ha enviado...? -pero el pícaro cortó aquella pregunta súbitamente, con una mirada amenazadora. Dakarai se contuvo y retrocedió un par de pasos.
Cuando el joven se marchó de allí a paso ligero, su amigo aún esperó algunos segundos para decidirse a seguirle. Suspiró; cansado.
No tenía remedio.
Sabía que el tormento que consumía al ladrón por dentro no acabaría hasta que regresara a buscarle.
A su hermano perdido.
-¿He dicho algo malo? -Azura hizo un adorable puchero, y por un momento Dakarai se olvidó de Kisahj y sus problemas.
-No; todo está bien. Tranquila.
-Chachi; porque quizás me pasé un poco. Raíces no es un nombre tan feo.
El chico sonrió.
-¿Qué piensas hacer ahora? -le preguntó a la muchacha; manteniendo aquél gesto afable que le era tan propio. Ella cruzó las manos detrás de su espalda adorablemente, y echó a andar junto al druida por el sendero, siguiendo la estela de Kisahj, quien se perdía ya a solas por el horizonte.
-Volveré a la ciudad, y cobraré por mi misión -sonrió abiertamente, y el elfo no pudo evitar pensar que su trabajo lo habían hecho él y Kisahj, pero no dijo nada.
-De acuerdo; ven con nosotros entonces -le ofreció a la chica, y ella asintió.-Pero sólo hasta la ciudad, ¿eh? -recalcó él, por si acaso.
-Sí; ya lo he entendido.

Sólo hasta la ciudad.

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By Rouge Rogue


Reseñas: El asalto al campamento de Zurhidon fue real. Se apostaban (y de hecho,allí siguen) en la zona noreste de Fuenteplateada, y con lvl 18 ya me dedicaba a hacer incursiones por allí. Cierto día Dakarai se ofreció a acompañarme; y tuve de golpe todos los problemas que no había tenido nunca, ya que, como pícaro, solía entrar y salir de allí con bastante facilidad.
Él por el contrario, con su fantástico aggro, no sólo se contentaba con atraer a los magos sino que aquella vez vino con 3 avestruces coloridos de la zona colindante pisándole los talones.

En cuando a Azura; espero que te guste el modo en que he decidido meterte. Tan torpe y olvidadiza pero sumamente adorable como has sido desde el principio ;)

lunes, 31 de mayo de 2010

EL PÍCARO DICE: 9

Capítulo 9


El sol acariciaba ya la zona más alta del cielo.
Un impecable cielo azul, moteado por alguna pequeña y casi invisible nube extraviada de su rumbo.
Los rayos de luz, firmes aunque suaves como corresponden al calor primaveral, se colaban juguetonamente por el enorme ventanal de la habitación del elfo, llenándolo todo de vida a su paso.
-Ah...sí...justo ahí...ahhhh perfecto...-Kisahj dibujó una sonrisa satisfecha mientras se acomodaba entre los mullidos almohadones de pluma. La muchacha, arrodillada tras él, profirió una leve risita cantarina, deslizando sus suaves manos por la espalda desnuda del muchacho, y masajeándola con sutileza.
-Abrid la boquita, Sir Kisahj...-murmuró la joven de pelirrojos cabellos que estaba a su derecha, extendiendo hacia el rostro del joven un jugoso racimo de uvas. Extrajo de él una pequeña fruta para depositarla sensualmente en los labios del elfo. Él la aceptó, encantado, y luego giró el rostro hacia la tercera mujer, que descansaba la mejilla sobre su hombro izquierdo.
-Sir Kisahj, deleitadnos nuevamente con vuestras hazañas en la abadía maldita, os lo suplico...-la chica dibujó un atractivo gesto mientras acariciaba con la yema de su dedo la clavícula y el pecho del ladrón. Henchido de orgullo, él inspiró antes de preguntar:
-¿Otra vez? ¿No te cansas?
-Es tan excitante... -dijo ella, por toda respuesta, y el joven carcajeó completamente de acuerdo.
Tres golpecitos sumamente delicados, pero con la firmeza de quien no duda, resonaron en la puerta entonces.
-¡Adelante! -concedió el joven permiso a su visitante, y Silver abrió el portón de par en par. Cuando irrumpió en la estancia, no pudo evitar que un gesto de tedio asomara a sus facciones, y si las miradas acuchillasen, probablemente Kisahj no habría sobrevivido a aquél asalto. La dama entró en el dormitorio, caminando con garbo, y a su paso las tres jóvenes doncellas se escabulleron a toda prisa entre murmullos y risitas, cerrando la puerta tras de sí y dejando a solas a la princesa y el pícaro.
-Mi lady, que alegría que vengáis a ver a este pobre elfo convaleciente...- Kisahj alzó las cejas y dibujó una enorme sonrisa. La mujer arrugó el morro.
-Dejáos de tonterías, Sir Kisahj. ¿Es que no tenéis educación? No habléis a una princesa desde la cama, ponéos en pie.
-Como ordenéis... -el pícaro se encogió de hombros, y después abandonó el cómodo lecho de almohadones en el que se había hecho hueco. Y, dejando las sábanas tras de sí, se mostró completamente desnudo ante su señora.
Silver abrió los ojos como platos. Creyó que le daría un síncope por la impresión, y se apartó varios metros del muchacho, al tiempo que giraba el rostro completamente avergonzada.
-¿Qué estáis haciendo, por el amor de Dios? ¡Cubríos inmediatamente! ¡¡Cubríos, cubríos!!- hacía exagerados aspavientos con la mano, como si intentase espantar a una mosca.
Una mosca enorme.
-A sus órdenes, princesa -Kisahj se rascó la cabeza, desentendido, y echó mano a una de las sábanas para taparse. La dispuso envolviendo su cintura, y después miró a la joven inquisitivamente-¿Algo más?
La doncella aún tardó algunos segundos en atreverse a volver el rostro, y cuando lo hizo,los restos del rubor seguían tiñendo sus mejillas. El ladrón esbozó una media sonrisa casi imperceptible.
-He venido...- la muchacha se encaró con el chico, tratando de recuperar la compostura. Se detuvo cerca de él, y lo escudriñó de arriba a abajo- a comprobar que efectivamente ya estáis repuesto de vuestra última misión en abadía y lleváis días ganduleando sin razón.
Él vaciló un instante, desviando la vista.
-Bueno...yo no lo llamaría gandulear... satisfacer a tres jovencitas varias vecces al día cansa más de lo que os podéis...
-¡Me da igual, no quiero oírlo! - Silver truncó el gesto,visiblemente irritada. Ninguno de sus caballeros haría nunca gala de tal desparpajo,y sin embargo, allí estaba él. Tan vulgar y descarado que no creía que existiera una palabra para definir la inmensidad de las emociones que la hacía sentir. Cuando lo miraba,no sabía adivinar si Kisahj le caía bien o si por el contrario lo odiaba a muerte. Eran aquellos ojos rojos. Ellos tenían la culpa de todo.
Porque Kisahj era un tipo indeseable; una manzana podrida dentro de su leal Orden de caballería. La mala hierba que ella debería esforzarse por arrancar de su jardín. Todo eso era Kisahj.
Pero luego, lo miraba a los ojos... aquellas dos esferas de fuego líquido, y de algún modo, sabía que no quería deshacerse de él.-¡Sois un...un...! -buscó a toda prisa algun insulto que describiese con suficiente acierto la repulsa que Kisahj le causaba, sin conseguirlo, y finalmente suspiró, vencida. Para cuando decidió que podía volver a hablar sin tener que gritarle a la cara, lo azotó con la mirada desde el fondo de sus gélidos ojos azules. -Tenéis una nueva misión. Le dejaré a Dakarai las instrucciones; preparáos para partir de inmediato.
Luego se dio la vuelta y cerró la puerta con un sonoro golpe, dejando de nuevo al muchacho a solas en el cuarto. Kisahj bostezó sonoramente, estirando los brazos hasta ponerse de puntillas y luego se dispuso a buscar su ropa con una única pregunta en mente "¿Qué mosca le habrá picado?"

Cuando irrumpió en el enorme comedor, Dakarai ya cruzaba la sala desde la otra punta con un humor de perros. Se dirigió hacia él en apenas unas cuantas zancadas, y al detenerse, sin mediar palabra alguna extendió ante el rostro del pícaro un ajado papiro que mostraba la imagen retratada de un hombre encapuchado.
-¿Qué es esto...?
-Calla y lee -le ordenó el druida.
-Se busca vivo o muerto... ¿Yuri el sibilino? ¿Qué pasa con este tio?
-Es lo peor que me podía haber pasado; que me envíen contigo a cazar a un bandido de tres al cuarto...-
-¿Enserio? ¿La misión que me ha mandado Silver sólo consiste en atrapar a un vulgar y sucio ladrón?
Dakarai lo acuchilló con la mirada de reojo, sin comprender del todo el motivo que llevaba a su amigo a pensar que era tan distinto del tal Yuri.
-No es una misión cualquiera. Es la más mierda de las misiones. Para gente de nuestro nivel, esto es poco menos que una puerta a la humillación. ¡¡No sé qué diablos le has hecho a la princesa pero por tu culpa en vez de estar labrándonos una reputación en la Orden estamos casi como al principio!!
-Bueno...- Kisahj dobló el papel por la mitad y lo guardó dentro de su chaleco, sin darle importancia- ...el principio no estaba tan mal.
Dakarai resopló, fastidiado.
Normalmente pretendía tomarse las cosas con calma pero a menudo el ladrón lo sacaba de sus casillas. Se mordió la lengua para no gritarle a la cara el verdadero motivo de su enfado. Él no tenía nada que ver con aquella absurda misión; pero Silver no había conseguido que ningún otro caballero accediese a ir con Kisahj. Fuera por el motivo que fuese, la mayoría de la gente de la Orden lo consideraba más un rival que un compañero, y finalmente la muchacha había recurrido a él.
Y Dakarai no podía decir que no.
No a ella; a su adorada y admirada princesa.

Cuando montaron a lomos de los hermosos corceles, Kisahj parecía relajado. Dakarai no conseguía dejar de lado su estado receloso, si bien cuando la hermosa chica se acercó correteando hasta ellos, su atención se distrajo momentáneamente.
-Sir Kisahj, ¿de nuevo os vais?- dijo ella, agarrándose a los faldones de la camisa del elfo. Él reparó entonces en su presencia, y dibujó una sonrisa campechana desde lo alto del caballo.
-El deber es el deber, Yetmaja.
-Pero me prometisteis que hoy...- fingió dibujar un puchero de tristeza, pero finalmente rompió a reír, con las mejillas encendidas de rubor.
-Cuando vuelva; quizás -el pícaro le guiñó un ojo a la doncella, y ésta asintió conforme.
-No me falles -le advirtió a modo de broma.
-No lo haré.
Y luego espoleó vivamente su caballo negro al tiempo que el gigantesco portón de madera se abría para ellos. Los jóvenes abandonaron el castillo dejando una espesa nube de polvo tras de sí, y para cuando la arena volvió a asentarse, se habían perdido por el horizonte.


La carrera a lomos del palafrén cobraba un sentido completamente distinto cuando la persona que montaba a su lado era Kisahj. Le bastaba con mirarlo para sentirlo pavonearse sobre su caballo,cortando el viento como si el animal tuviera alas. El elemental se inclinaba para ofrecer menor resistencia al aire que azotaba sus cabellos, y al cruzar de forma casual su mirada con la de Dakarai, le dedicó una burlona sonrisa de mofa.
Eldruida chistó y azuzó a su yegua ceniza para que corriese más rápido. No sabía el motivo,pero siempre acababa por abandonarse a la contagiosa y ordinaria competitividad de su mejor amigo.
Para cuando los animales detuvieron su desenfrenado galope,ya abordaban las lomas de Fuenteplateada.
Lejos de los caminos,internados en los incipientes boscosos, hicieron un alto para estirar las piernas, y se dejaron caer sobre el tronco de un árbol cercano con el entusiasmo de quien sale de acampada. Kisahj volvió a extraer entonces el anuncio de búsqueda que había guardado entre sus ropajes, y lo desplegó con curiosidad poco disimulada.
-¿Qué? -inquirió Dakarai, con la leve esperanza de que el pícaro hubiese recordado alguna pista de utilidad, pero el elfo pelirrojo se mesó la perilla un par desegundos,ydespués negó con la cabeza.
-¿Qué sabemos del tipo?
-Se le conoce como Yuri el sibilino. Ronda las estepas de Fuenteplateada y suele atacar cerca de los caminos. Según dicen, nunca va solo. La última vez fue visto cerca del lago al norte de Varanas.
Kisahj chascó la lengua,disconforme, guardando de nuevo el papel.
-No me suenan su cara, ni su nombre.
-Pues vaya. Se supone que serías útil por estar familiarizado con esa clase de gentuza.
El pícaro suspiró largamente, cruzando los brazos tras la cabeza.
-Date por contento; es una buena noticia que no lo haya oído nunca antes. Eso significa que no es más que un aficionado. Nada de lo que tengamos que preocuparnos.
-Ojalá sea verdad y acabemos esta misma noche- el druida hundió la vista en el infinito con desgana, apoyando los codos sobre sus propias rodillas.
-¿Tienes alguna prisa por volver?
-Preferiría dormir sobre un colchón mullido y blando.
-Ilumíname; ¿no eras druida o algo así?- Dakarai entrecerró los ojos acusadoramente hasta hacerlos parecer dos diminutas rendijas.
-Sólo intento que se me note lo descontento que estoy.
-Pues...- el malicioso elfo se puso en pie con sorna.-Entonces estarás aún más descontento cuando te cuente mi plan...

"¡De ninguna de las maneras; me niego! ¿Por qué tengo que disfrazarme yo de mujer? ¡Estás loco!" había dicho Dakarai, pero no había conseguido rebatir las razones del pícaro.Porque, efectivamente, no tenían modo de encontrar a Yuri si no le ofrecían primero un cebo. Y porque, como había dicho Kisahj, el druida carecía por completo del sigilo necesario para mantenerse oculto mientras se desarrollaba el plan. Y aún más, porque para llevar el disfraz Dakarai tendría que ir desarmado, pero eso, para un druida, no era gran problema. Por el contrario, su amigo el ladrón no era nadie sin sus perniciosas armas puntiagudas.
"No tengas miedo; sólo intentarán violarte", aseguró el elemental por toda respuesta.
Y ahora Dakarai estaba allí; en mitad del camino.
Solo.
Ignoraba en qué momento el ladrón había desaparecido de su lado, internándose en el boscaje hasta hacerse prácticamente invisible. O al menos, en lo que a él respectaba, no lograba descubrirlo donde quisiera que estuviese escondido, y eso hacía que su mal humor no hiciera sino acrecentarse. Se sentía indescriptiblemente ridículo, con aquella, su capa azul de terciopelo, envolviendo su cuerpo a modo de vestido y cubriendo su cabeza como una capucha. Kisahj se lo había pasado en grande llenándole el pelo de florecillas silvestres e incluso había bromeado con meter algunas en su escote. Dakarai quiso desollarlo, aun a sabiendas de que si lo hacía tendría que orar a Gaia durante eones.
Pero empezaba a pensar que merecería la pena.
En estos y otros pensamientos de igual índole se regodeaba el druida, cuando sintió que algo se movía entre los arbustos. Su agudo oído de elfo lo hizo ponerse alerta enseguida, si bien el sentido común rápidamente desechó aquella idea. Tenía que actuar como una doncella indefensa paseando por el bosque. Tenía que mostrarse vulnerable.
Maldijo a Kisahj otra vez en sus adentros.
Se esforzó cuanto pudo por mantener aquella compostura de pasividad y siguió caminando como si nada, fingiendo atender más al gran ramo de margaritas que llevaba en brazos que a los numerosos pares de ojos que comenzaban a refulgir a su alrededor, entre los helechos. Para cuando empezaba a impacientarse, varios hombres lo asaltaron, apareciendo de la nada tras los árboles colindantes. Dakarai apretó los dientes al tiempo que dos de ellos se cernían sobre sí, aferrándolo firmemente por las muñecas.
-¿Estás sola,preciosa? -se burlaron los ladrones.
Pero el druida no tuvo problema en deshacerse de ellos.
Apenas con unos simples movimientos, los hombres salieron despedidos a causa de su fuerza bruta, y ni aun cuando los cinco varones que eran pusieron su mejor empeño en reducirlo lo consiguieron.
-¡¿Qué clase de mujer es ésta?!- gritó uno de los bandidos. Dakarai frunció el ceño con enojo y acabó por arrancarse el improvisado vestido, dejando su torso y su cara al descubierto.
-¡No soy una mujer! ¡Maldita sea! ¡Sois unos inútiles!
-¡Es un elfo!- los hombres lo señalaron con una mezcla de pavor y desagrado, que era justo lo que Dakarai había necesitado para terminar de enfurecerse. Bramó airado; la amabilidad y el encanto que le eran propios habían sucumbido, subyugados por su rabia. No tenía su martillo al alcance, pero tanto más le daba. Los destrozaría con sus propias manos.
Con todos y cada uno de los músculos de su cuerpo en tensión, el druida dio un pisotón al suelo con tal fuerza, que éste se resquebrajó en las zonas más cercanas, y algunos de sus enemigos cayeron al suelo, perdiéndo el equilibrio. Ni siquiera tuvieron tiempo de levantarse, porque Dakarai se lanzó sobre ellos con ansia, y el azote de la madre Gaia los sacudió de arriba a abajo en forma de espinosas zarzas.
Cuatro de ellos cayeron con este único ataque letal del muchacho, y el único de los hombres que quedó en pie se sintió tan atemorizado de la feroz expresión el elfo albino, que echó a correr despavorido, perdiéndose por el sendero.
El joven chistó, e hizo ademán de perseguirle, pero entonces Kisahj saltó desde la copa del árbol donde había permanecido oculto todo aquél tiempo, y cayó de pie junto a él.
El drow frenó su carrera y lo fulminó con la mirada, sintiendo que le arrearía un sopapo a él también si osaba hacer un solo chiste acerca de lo que acababa de ocurrir. Kisahj debió intuirlo, porque no dijo nada.
-Espera; le daremos algunos segundos de ventaja -comentó el pícaro, echando un vistazo al lugar del camino por el cual había desaparecido el bandido poco antes.
-¿Piensas dejarlo ir?
-Algo así. Cuando crea que nos ha despistado,entonces volverá tranquilo a su base, y podremos seguirle.
-¿Vamos a adentrarnos en la base de los bandidos? -Kisahj lo miró largo y tendido, como si no acabara de comprender el modo de pensar tan poco eficaz de su amigo.
-Los jefes siempre están vagueando por casa y mandan a sus secuaces a hacer el trabajo sucio. Parece mentira que no lo sepas...
Dakarai se cruzó de brazos.
-Disculpa, no he tratado nunca con ladrones tan organizados -masculló,con sarcasmo.
-Yo trabajo de forma independiente -el pícaro sonrió de par en par, dandole un leve puñetazo en el hombro al druida,sin siquiera moverlo del sitio. -Por cierto,ya podemos ir...-señaló la senda, que discurría graciosamente por el bosque, y Dakarai asintió.

Más allá del diminuto puente que cruzaba el riachuelo de Fuenteplateada en dirección a Costa Cuervo; atravesando la explanada plagada de guardias; estaba el campamento de los bandidos. A simple vista, podían contarse unos veinte o treinta hombres asentados en la base. El resto, probablemente, estarían trabajando fuera.
-Vale, ¿Dónde está Yuri? -se quejó Dakarai, oculto tras la roca. Un par de metros más allá, Kisahj se asomaba levemente entre los matorrales para ver mejor.
-¿Y cómo quieres que lo sepa? ¿Qué esperabas,que apareciera su nombre en amarillo sobre su cabeza o algo asi?
Dakarai resopló con fastidio.
-No vamos a poder encontrarlo sin liarla parda.
-No veo el problema...- el destello de las dagas plateadas lo cegó apenas un segundo cuando Kisahj las desenvainó con aire sibilino. De un salto, trepó ágilmente sobre el montículo tras el cual se ocultaba el druida y se escabulló hacia la parte superior de la roca. Dakarai chistó, a sabiendas de que no tardarían en meterse en líos.
Efectivamente, apenas un par de segundos después oyó el sonido de los primeros forcejeos. El bandido cayó al suelo, inerte, y para cuando Dakarai asomó levemente la cabeza, ya había cuatro cadáveres más dispersos por la zona.
-¡Maldita sea,avisa por lo menos! -abandonó finalmente su escondite, echando a correr tras su amigo y desenvainando violentamente su martillo. A aquellas alturas, el campamento entero se puso en alerta, alborotados por el ruído del elfo albino.
Kisahj lo miró de reojo.
-Dakarai, ¿crees que podrías ser un poco más sutil que un mamut en estampida? Acabas de fastidiarme el factor sorpresa.
-¿Te refieres a moverme como tú; que pareces una bailarina? Solo te faltan alas de mariposa...
-¡¡Destripadlos!! ¡¡A los dos!! -uno de los hombres del campamento gritó, y a su orden el resto de los bandidos se abalanzaron sobre ellos.
-No tienes remedio, te gusta hacer las cosas a lo basto -Kisahj se lanzó en una carrera contra los tipos que pretendían asediarlo. En el camino, aún tuvo tiempo de lanzar un par de dagas contra ellos y derribarlos, acertados de lleno en el cuello y el pecho. Después saltó sobre sus enemigos, y utilizándolos para proyectarse hacia arriba, aprovechó un par de piruetas en el aire para deshacerse de los bandidos. Visto desde fuera, Kisahj era poco menos que una estela plateada, por cuanto el movimiento de sus dagas era tan fugaz, y los destellos del sol se reflejaban hermosamente en las hojas de metal, ahora teñidas de sangre.
Dakarai bufó, en desacuerdo con su amigo.
-¡Yo no hago las cosas a lo basto!- pero apenas acababa de decir aquellas palabras cuando de un único puñetazo se había librado de dos hombres. Debido a la discusión que mantenía con Kisahj, no se había percatado de que lo habían rodeado una decena de ladrones, que comenzaban a atacarlo desde todos los ángulos. El druida se esforzaba por esquivar los ataques, pero acabó por cansarse y, en el descuido, una de las armas le atravesó el flanco izquierdo.
Dakarai resquebrajó el aire con un grito de dolor; aquél sonido distrajo momentáneamente la atención de Kisahj. Pero sólo por un segundo.
El drow alzó su martillo en lo alto, con la hiriente puñalada matándolo de tormento, y aquél fue el momento en que todos sus enemigos se cernieron sobre él, acuchillándolo vilmente hasta que su torso desnudo no fue sino una masa sangrante. Cuando Dakarai dejó caer el arma con toda la fuerza de que fue capaz,el golpe fue tal que los hombres salieron despedidos y cayeron inconscientes debido a la onda expansiva. El chico jadeó unos instantes, y pronunciando algunas palabras arcanas en la lengua de los druidas, un halo de verde resplandor lo acarició como una mágica cascada de pies a cabeza, y sus heridas se cerraron como si nunca hubieran estado allí.
Dirigió entonces una fugaz mirada a su hermano de armas.
Poco más allá; Kisahj danzaba juguetonamente por entre sus adversarios, y a su paso ninguno sobrevivía. Raíces había aparecido de la nada, como era usual. Nunca abandonaba a Kisahj, fueran cuales fueran las circunstancias. Mientras tuviese energías para mantenerse en este mundo, Raíces seguiría fielmente al pícaro allá donde fuese, aunque nadie, ni siquiera él mismo, acababa de comprender la razón por la cual lo hacía. Entonces reparó en uno de los bandidos, que se había mantenido al margen de la contienda.
Cautelosamente, trataba de alejarse del campamento pasando desapercibido, y si bien entre la multitud Dakarai no había logrado reconocerlo, al mirarlo ahora a la cara enseguida supo que se trataba de Yuri.
-¡Kisahj! -avisó a su amigo,al tiempo que echaba a correr tras el hombre. El enemigo rompió en una carrera vertiginosa en dirección al bosque, seguido de cerca por el druida.
-Raíces,encárgate tú -ordenó el chico al espíritu, y éste se removió perezosamente en su lugar, produciendo un sonido acompasado, como el interior de un camarote de madera en una noche especialmente tranquila.
La sombra fugaz de Kisahj pasó junto a Dakarai mientras perseguían a Yuri.
Al mirar de reojo, el druida apenas sí pudo distinguir al joven de tan rápido como corría,y lo adelantó en cuestión de segundos. En un frugal movimiento, extrajo una daga venenosa de la parte trasera de su cinturón. Apuntó apenas un segundo y la lanzó con fuerza hacia EL Sibilino.
No obstante, él había podido intuír la trayectoria del arma, y de unn salto, rodó por los suelos para esquivarla. Kisahj chistó, disconforme, pero Dakarai agradecía que al menos hubiesen dejado de correr. Su equipo era realmente pesado para soportar aquél ritmo. Los tres hombres semiraron entre sí, jadeando por el esfuerzo.
-Hasta aquí has llegado, me temo...- el pícaro se regodeó en su propia maldad mientras escrutaba a Yuri con una amenazadora sonrisa que bien podría haber helado la sangre de cualquiera.
Detrás de él, Dakarai asió con fuerza su martillo.
Aquella tensión duró apenas un segundo.
Después, Yuri cayó de rodillas ante ellos.
-¡Por favor! ¡Por favor,no me matéis! ¡Os lo suplico; tened piedad!- gimió lastimosamente el hombre. Las caras de los amigos se descuadraron por momentos, sin poder dar crédito a lo qu oían. ¿El terrible y sanguinario asesino de Fuenteplateada se rebajaba a aquél bochorno?
-¿Qué diablos...? -Kisahj miró de reojo a Dakarai, sin atreverse a descuidar la figura de su enemigo, pero a aquellas alturas él andaba lamentándose y arrastrándose por el suelo hacia los pies del pelirrojo elfo.
-¡Seguro que muchos de los humildes aldeanos de Fuenteplateada también clamaron piedad! ¡Y no se la concediste! -el druida frunció el ceño, mientras Kisahj removía la pierna, tratando de alejar al bandido de sí.
-¡Por favooor! ¡No quiero morir! ¡Soy muy miserable!
-¡Daka por dios arréale de una vez con el martillo que me está dando grima!
El chico dudó un instante. Lo cierto era que empezaba a sentirse en un compromiso.
-¡Haré lo que sea! ¡Os daré todo lo que tengo! ¡Pero dejadme vivir!
Finalmente, Dakarai tragó saliva y asintió a su mejor amigo.
Había tomado una firme decisión; aunque sabía que a Kisahj no le gustaría.

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By Rouge Rogue

Reseñas: Yuri siempre ha sido uno de los personajes que más me ha divertido matar, y recuerdo que me lo soleaba con lvl 13 cuando habia visto a picaros del 17 morir delante de mi, jeje. Me encantaba esa sensación de poder que te deja el quedar por encima de los demás. Daka y yo lo ajusticiábamos día sí día también, y aun hoy, cuando paso cerca de allí, si tengo tiempo no pierdo la oportunidad de matarlo.

¡¡Es taaan divertido!!